Play, as culture and well-being / El juego, como cultura y bienestar (eng-esp)
Greetings, friends of @holos-lotus.
I observe play, in all its forms, as an anthropologist would observe the rituals of a tribe. It's not merely a children's pastime. It's one of the most powerful social, cognitive, and cultural forces we have. From the child learning to take turns in a card game, to the esports team coordinating a meticulously planned strategy, to the group of adults who meet every Thursday to play futsal, play structures our reality. It creates subcultures, teaches unwritten rules, and is, for adults, a fundamental pillar of mental well-being.
Let's start with video games, so demonized and so misunderstood. I've spent hours immersed in interactive narratives that rival those of a great novel or series. Games that place you in complex moral dilemmas, where your decisions alter the virtual world.
But beyond the story, video games are a social space. I've seen strong friendships born in the voice chats of cooperative games, where the trust to have each other's backs digitally translates into support in real life.
Esports have created their own culture, with their heroes, their jargon, their rules, and a discipline that blends reflexes, strategy, and teamwork at the level of any traditional sport. To deny their cultural and social value is to close your eyes to a massive reality.
Of course, going from that to including them in the Olympics... I still don't understand it.
Board games have experienced a spectacular renaissance. In my circle, a game night isn't about Monopoly. It's about complex strategy games, social deduction games, and collaborative storytelling games. Around a table, crucial skills are developed: negotiation, logical thinking under pressure, reading opponents' body language, and managing limited resources. It's a pure cognitive exercise disguised as leisure. Furthermore, it creates a shared, screen-free space where interaction is direct, physical, and filled with both genuine laughter and frustration.
Sport, in its non-professional form, is play in its most physical and communal expression. A game of padel among friends, the local basketball league, the running group.
Here, play is catharsis.
It's the quintessential social mechanism for men, particularly, for creating bonds without the need for a mandatory deep conversation. Complicity is built on the court, in the precise pass, in covering for a teammate.
Adult sport is physical and social therapy: it reduces stress, releases endorphins, and anchors people in a community with a common goal and clear rules, something often lacking in the chaos of work and family life.
And, let's be honest, almost all of us are still children at heart and we love games.
The social impact of play is profound. It unites people of different professions, ages, and backgrounds on an equal footing, under the same rules. A lawyer and a student can be teammates in a video game or rivals on a board game. Play fosters resilience: you learn to lose, to manage frustration, to try again. In children, this is obvious. In adults, it's just as vital.

As a writer, I see play as a fundamental language. Every game, from the simplest to the most complex, is a system of rules that generates stories. Stories of unexpected heroism, of complicit betrayals, of collective effort.
Participating in these play cultures is not escaping reality. It is exercising, in the most enjoyable way possible, the very skills we need to navigate it: cooperation, strategy, adaptation, and, above all, the ability to connect with others through a shared and playful purpose.
Play is not the opposite of serious work. It is its necessary complement for a healthy mind and a fulfilling social life.
En español
Saludos, amigos de @holos-lotus.
Observo el juego, en todas sus formas, como un antropólogo observaría los rituales de una tribu. No es un mero pasatiempo infantil. Es una de las fuerzas sociales, cognitivas y culturales más poderosas que tenemos. Desde el niño que aprende a turnarse en un juego de cartas, hasta el equipo de eSports que coordina una estrategia milimétrica, hasta el grupo de adultos que se reúne cada jueves a jugar al fútbol sala, el juego estructura nuestra realidad. Creo subculturas, enseña reglas no escritas y es, para el adulto, un pilar fundamental del bienestar mental.
Empecemos por los videojuegos, tan demonizados y tan mal comprendidos. He pasado horas inmerso en narrativas interactivas que nada tienen que envidiar a las de una gran novela o una serie. Juegos que te colocan en dilemas morales complejos, donde tus decisiones alteran el mundo virtual.
Pero más allá de la historia, el videojuego es un espacio social. He visto amistades sólidas nacer en los chats de voz de un juego cooperativo, donde la confianza para cubrirte la espalda digital se traduce en apoyo en la vida real.
Los eSports han creado una cultura propia, con sus héroes, sus jergas, sus normas y una disciplina que mezcla reflejos, estrategia y trabajo en equipo al nivel de cualquier deporte tradicional. Negar su valor cultural y social es cerrar los ojos a una realidad masiva.
Claro, de ahí a llevarlos a las olimpiadas... sigo sin entenderlo.
Los juegos de mesa han vivido un renacimiento espectacular. En mi círculo, una noche de juegos no es sobre el Monopoly. Es sobre juegos de estrategia compleja, de deducción social, de narrativa colaborativa. Alrededor de una mesa, se desarrollan habilidades cruciales: la negociación, el pensamiento lógico bajo presión, la lectura del lenguaje corporal de los rivales, la gestión de recursos limitados. Es un ejercicio cognitivo puro, disfrazado de ocio. Además, crea un espacio compartido libre de pantallas, donde la interacción es directa, física y cargada de risas y frustraciones igualmente reales.
El deporte, en su faceta no profesional, es el juego en su expresión más física y comunitaria. El partido de pádel entre amigos, la liga local de baloncesto, el grupo de running.
Aquí, el juego es catarsis.
Es el mecanismo social por excelencia para los hombres, particularmente, para crear vínculos sin necesidad de una conversación profunda obligatoria. La complicidad se construye en la pista, en el pase preciso, en cubrir al compañero.
El deporte adulto es terapia física y social: reduce el estrés, libera endorfinas y ancla a las personas en una comunidad con un objetivo común y unas reglas claras, algo que a menudo falta en el caos de la vida laboral y familiar.
Y, seamos honestos, casi todos seguimos siendo niños por dentro y nos encantan los juegos.
El impacto social del juego es profundo. Une a personas de diferentes profesiones, edades y trasfondos en un plano de igualdad, bajo las mismas reglas. Un abogado y un estudiante pueden ser compañeros de equipo en un videojuego o rivales en un tablero. El juego fomenta la resiliencia: aprendes a perder, a manejar la frustración, a intentarlo de nuevo. En los niños, esto es evidente. En los adultos, es igual de vital.

Como escritora, veo el juego como un lenguaje fundamental. Cada juego, desde el más simple al más complejo, es un sistema de reglas que genera historias. Historias de heroísmo inesperado, de traiciones cómplices, de esfuerzo colectivo.
Participar en estas culturas del juego no es evadirse de la realidad. Es ejercitar, de la forma más placentera posible, las mismas habilidades que necesitamos para navegarla: cooperación, estrategia, adaptación y, sobre todo, la capacidad de conectar con otros a través de un propósito compartido y lúdico.
El juego no es lo opuesto al trabajo serio. Es su complemento necesario para una mente sana y una vida social plena.



Jugar libera. El homo ludens está en el inicio.
Tu post ha sido curado por el equipo Ecency