Gratitude between Two Shores / La Gratitud entre Dos Orillas (eng-esp)
Hello, dear friends.
There's a taste that never leaves my mouth: the taste of mangoes from the patios back in Pinar del Río, the bitter coffee of mornings spent with neighbors, the saltiness of the sea. I left Cuba years ago, but Cuba never left me. Today, from Pamplona, where the cold penetrates to the bone and my accent betrays me as the Cuban, or you're not from here, I find that gratitude is my way of building a bridge between what I was and what I am.
I have to be grateful for what I learned in Cuba. Cuba was the school of my life.
In Cuba, life teaches you lessons that aren't found in books. I learned that inventiveness is born out of necessity; that a wire can be an antenna, a can can become a toy, and a smile is worth more than a full plate.
There, people don't have much, but they share everything. A neighbor gives you a piece of bread, a stranger offers you shade on their porch, a friend lends you even what they don't have. That solidarity forced by circumstances became my moral compass.
Here in Spain, when someone is surprised because I help an elderly person carry bags at the supermarket or because I invite someone to a coffee, I know it's Cuba speaking for me. I'm grateful to Cuba for having learned that dignity isn't found in what you have, but in how you treat others. It's giving what you are, even when you have nothing to spare.
I miss the noise of the city. Although, now I wouldn't call it noise, but rather the sound of the city. That chaos I knew like the back of my hand and now remember fondly. But nostalgia, when viewed with gratitude, doesn't hurt: it illuminates.
Thanks to everything I experienced there, I value more what I have and am here now.
In Cuba, I dreamed of books and projects I couldn't complete. Today, in Pamplona, I have them all at my fingertips, just like the projects. Today I can complete them, because I learned everything there, in my homeland.
The internet was a sporadic luxury; here, I marvel at being able to video call my family every day.
On the island, time sometimes seemed to stand still. Here, I chase my dreams with the urgency of someone who knows what it means to wait.
I take nothing for granted. Not the hot water, nor the electricity that never goes out, nor the right to speak my mind without fear. Cuba taught me to love freedom. Therefore, my gratitude is twofold: to the land that formed me and to the one that embraced me.
Sometimes, when someone asks me What is Cuba like?, I don't know where to begin. Should I tell them about the poverty or the joy that persists despite it? About the endless lines or the infinite patience of my people? From frustration or resistance?
But I always end up saying the same thing: Cuba is a magical, wonderful land where I learned to be myself. Because when you grow up with shortcomings, every small achievement feels like victory. And now, from the comfort of Pamplona, I honor that lesson:
I celebrate the full supermarkets, but I don't waste them.
I enjoy the opportunities, but I don't forget those who are still waiting for theirs.
I take advantage of freedom, but I carry Cuba in my voice every time I tell its story.
I have my children here, in Spain. I don't know if you remember the crushing heat of eternal summer, nor the smell of fried croquettes in the street, nor the sound of street criers at six in the morning. But I'm talking to you about Cuba. I'm telling you that your grandparents, your uncles, your roots are still there. I want you to know that gratitude is also memory.
Because even though we now live in a place with more opportunities, none of this would be so sweet if we didn't carry within us the memory of what it took to get here. Cuba made me who I am. Spain allows me to be who I want to be. And between the two, my gratitude is the bridge.
To be grateful is to be free.
The true homeland is not just a territory, but the lessons we carry within us. Cuba taught me to resist, to fly, to invent my happiness. Spain gave me my wings and a place to build my dreams. And I, from here, am grateful for both: the nest and the sky.
So today, as I sip a coffee in a Navarrese square, I raise my imaginary cup toward the sea that separates me from my people. Because gratitude knows no distance. Nor borders. Nor exiles. It only knows that there is a heart that beats between two lands, and that heart never stops saying thank you.
Leer en español
Hola, estimados amigos.
Hay un sabor que nunca se me va de la boca: el de los mangos probados de los patios allá en Pinar del Río, el café amargo de las mañanas compartidas con vecinos, el salitre del mar. Me fui de Cuba hace años, pero Cuba nunca se fue de mí. Hoy, desde Pamplona, donde el frío cala hasta los huesos y el acento me delata como el cubano, o el tú no eres de aquí, encuentro que la gratitud es mi manera de tender un puente entre lo que fui y lo que soy.
Tengo que agradecer lo aprendido en Cuba. Cuba fue la escuela de mi vida.
En Cuba, la vida te enseña lecciones que no vienen en los libros. Aprendí que la inventiva nace de la necesidad; que un alambre puede ser una antena, una lata puede convertirse en un juguete y una sonrisa vale más que un plato lleno.
Allá, la gente no tiene mucho, pero lo comparte todo. Un vecino te regala un pedazo de pan, un desconocido te ofrece sombra en su portal, un amigo te presta hasta lo que no tiene. Esa solidaridad forzada por las circunstancias se convirtió en mi brújula moral.
Aquí, en España, cuando alguien se sorprende porque ayudo a cargar las bolsas en el supermercado a un anciano o porque convido a alguien a un café. Sé que es Cuba hablando por mí. Agradezco de Cuba haber aprendido que la dignidad no está en lo que tienes, sino en cómo tratas a los demás. Es dar lo que eres, incluso cuando no te sobra nada.
Extraño el ruido de la ciudad. Aunque, ahora no diría que es ruido, sino el sonido de la ciudad. Ese caos que conocía al dedillo y ahora recuerdo con cariño. Pero la nostalgia, cuando se mira con gratitud, no duele: ilumina.
Gracias a todo lo que viví allá, valoro más lo que ahora tengo y soy aquí.
En Cuba, soñaba con libros y proyectos que no podía realizar. Hoy, en Pamplona, los tengo todos al alcance de mi mano, al igual que los proyectos. Hoy los puedo realizar, porque todo lo aprendí allá, en mi tierra.
El internet era un lujo esporádico; aquí, me maravillo de poder videollamar a mi familia cada día.
En la isla, el tiempo parecía estancarse en ocasiones. Aquí, corro detrás de mis sueños con la urgencia de quien sabe lo que es esperar.
No doy nada por sentado. Ni el agua caliente, ni la luz que nunca se va, ni el derecho a decir lo que pienso sin miedo. Cuba me enseñó a amar la libertad Por eso, mi gratitud es doble: hacia la tierra que me formó y hacia la que me abrazó.
A veces, cuando alguien me preguntan ¿Cómo es Cuba?, no sé por dónde empezar. ¿Les hablo de la pobreza o de la alegría que persiste a pesar de ella? ¿De las colas interminables o de la paciencia infinita de mi gente? ¿De la frustración o de la resistencia?
Pero siempre termino diciendo lo mismo: Cuba es una tierra mágica, maravillosa donde aprendí a ser yo. Porque cuando creces con carencias, cada pequeño logro sabe a victoria. Y ahora, desde la comodidad de Pamplona, honro esa enseñanza:
Celebro los supermercados llenos, pero no desperdicio.
Disfruto de las oportunidades, pero no olvido a los que siguen esperando las suyas.
Aprovecho la libertad, pero llevo a Cuba en la voz cada vez que cuento su historia.
Tengo a mis hijos aquí, en España. No sé si recuerden el calor aplastante del verano eterno, ni el olor a croqueta frita en la calle, ni el sonido de los pregones a las seis de la mañana. Pero le hablo de Cuba. Le cuento que allá quedan sus abuelos, sus tíos, sus raíces. Quiero que sepan que la gratitud también es memoria.
Porque aunque ahora vivamos en un lugar con más oportunidades, nada de esto sería tan dulce si no lleváramos dentro el recuerdo de lo que costó llegar aquí. Cuba me hizo quien soy. España me permite ser quien quiero ser. Y en medio de las dos, mi gratitud es el puente.
Ser agradecido es ser libre.
La verdadera Patria no es solo un territorio, sino las lecciones que llevamos dentro. Cuba me enseñó a resistir, a volar, a inventar mi felicidad. España me dio las alas y dónde construir mis sueños. Y yo, desde aquí, agradezco ambas cosas: el nido y el cielo.
Así que hoy, mientras tomo un café en una plaza navarra, levanto mi taza imaginaria hacia el mar que me separa de mi gente. Porque la gratitud no entiende de distancias. Ni de fronteras. Ni de exilios. Solo sabe que hay un corazón que late entre dos tierras, y que ese corazón nunca deja de decir gracias.
Qué grande eres, hermano. Sí, Cuba es una escuela para todos nosotros.
Me alegro mucho leer que hayas podido realizar, o comenzar a realizar tus sueños cubanos allá en España.
Un abrazo grande y muchas gracias por participar.
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STOP
Me llegó mucho tu post, que difícil es dejarlo todo atrás porque en tu propio país no puedes desarrollarte 😌, pero al mismo tiempo saber que una parte de ti siempre estará allá. Rescato mi parte favorita:
"En Cuba, la vida te enseña lecciones que no vienen en los libros. Aprendí que la inventiva nace de la necesidad; que un alambre puede ser una antena, una lata puede convertirse en un juguete y una sonrisa vale más que un plato lleno".
Saludos, @riblaeditores 🤗.
Gracias, amiga, un abrazo inmenso
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Tu post relata el agradecimiento por tu raices y el aprendizaje adquirido, espero que puedas ser quien quieras ser en ese lindo pais, saludos