Returning to Bernarda from Santiago de Cuba [EN-SP]

I first read La casa de Bernarda Alba in high school. I was seventeen, and the play hit me like a blunt blow: women locked away, a village that spies, a silence heavier than any word. Back then I understood it as a Spanish drama, distant, with names and customs that didn’t belong to me. But with time I discovered that distance was a lie. Every time I return to Bernarda, I do it from Santiago de Cuba, and the play dazzles again—like all masterpieces do.

I’ve reread it countless times. At university, in afternoons of unbearable heat, I opened the book again and found Bernarda’s same rigidity, but she no longer felt like a foreign character. I heard her in the voices of certain older women in my neighborhood, guardians of morality, watchful eyes on the girls who couldn’t “take a false step.” Later, as an adult, the play gave me another reading: power as prison, fear as freedom’s enemy, desire repressed until it explodes. Each reading has been different because I have changed too, and because Santiago has taught me that classics are not read in the abstract, but from the concrete life one pushes yes, because one can and must swim against the current when ethics and self-respect demand it.

One detail always follows me: Lorca wrote Son de Negros en Cuba about a mysterious trip to my city. That poem is a blast of Chinese cornet and drum that still echoes in the congas, in the way music fuses with the street. When I read La casa de Bernarda Alba, I think of that contrast: Lorca who celebrated Santiago’s Black, popular vitality, and Lorca who painted repression and silence in an Andalusian village. It’s as if two opposing forces coexist in his work: fiesta and death, freedom and confinement. And I, as a Cuban reader, cannot help but read Bernarda through that tension. The play speaks to me because in my city too there is that struggle between what we want to live and what is imposed from outside.

What I love most about this play is that it taught me to understand theater not as storytelling, but as revelation—of invisible structures of power, of hidden desires, of silences that weigh. Lorca showed me that theater is a space where life strips bare, where the intimate becomes public, where the social becomes personal. That lesson was decisive: it made me see theater not as entertainment, but as knowledge. That’s why I return again and again to Bernarda, because each reading reminds me that theater can illuminate what we usually prefer to keep quiet.

After reading this play and also Et dukkehjem by Ibsen, I began to frequent the Cabildo Teatral Santiago. There I discovered that Lorca’s and Ibsen’s words didn’t stay trapped in books, but took flesh in actors, in the audience’s breathing, in shared silence. The Cabildo became my parallel school: a place where I learned to see theater as living experience, as dialogue between what is written and what is embodied on stage. Each performance was different, each production taught me something new, and I always returned to Bernarda and Nora, to their confinements and rebellions, to how those stories spoke to my own city.

To revisit a classic again and again is not an academic exercise—it is a vital necessity. Each time I return to Bernarda, I ask myself what confinement means today. In Cuba, confinement is not always physical: it can be the lack of options, the impossibility of deciding, the weight of traditions never questioned. And then the play becomes current, not because I force it, but because it opens itself to those readings. Lorca did not write for us to read him once; he wrote so his words would transform with us.

What no one usually says is that La casa de Bernarda Alba reads differently in a city like Santiago. Here, where music shatters any silence, the muteness of Bernarda’s daughters feels even more brutal. Here, where the street is shared space, the confinement of those women becomes unbearable. And here, where Lorca left a poem that still summons us, his theater becomes a conviction that life can be suffocated if not defended fiercely.

That is why I invite you to read and reread the play. Not to repeat what we already know, but to discover what changes in us and around us. Each reading is a new conversation with Lorca, with our city, with our personal history. I still find in Bernarda an echo of the voices that surrounded me in adolescence, a reflection of tensions that persist in Cuban society, and a warning of what happens when desire is repressed too long.

To reread Lorca from Santiago de Cuba is also to reread our reality. And that is the true reason I return again and again to that Andalusian and Santiago theater: because each return reveals something I hadn’t seen, something that forces me to think, to feel, to question. That is the power of a classic, and that is the invitation I want to leave: it is not about reading it once, but about letting it accompany us through time, letting it change us, unsettle us, make us live more fiercely.



Text and images by me.





ESPAÑOL

"Volver a Bernarda desde Santiago de Cuba"

Leí La casa de Bernarda Alba por primera vez en el preuniversitario. Tenía diecisiete años y la obra me cayó como un golpe seco: mujeres encerradas, un pueblo que vigila, un silencio que pesa más que cualquier palabra. En aquel momento lo entendí como un drama español, distante, con nombres y costumbres que no me pertenecían. Sin embargo, con el tiempo descubrí que esa distancia era engañosa. Cada vez que regreso a Bernarda, lo hago desde Santiago de Cuba, y la obra vuelve a deslumbrar como deslumbran las obras maestras.

Las relecturas han sido muchas. En la universidad, en tardes de calor insoportable, volví a abrir el libro y me encontré con la misma rigidez de Bernarda, pero ya no la veía como un personaje ajeno. La sentía en las voces de ciertas mujeres mayores de mi barrio, guardianas de la moral, vigilantes de las muchachas que no podían “dar un paso en falso”. Más tarde, en la adultez, la obra me devolvió otra lectura: la del poder como cárcel, la del miedo a la libertad, la del deseo que se reprime hasta que estalla. Cada lectura ha sido distinta porque yo también he cambiado, y porque Santiago me ha enseñado que los clásicos no se leen en abstracto, sino desde la vida concreta que uno empuja hacia delante porque sí, porque se puede y se debe nadar contracorriente si lo que corresponde por una cuestión de ética y de respeto por uno mismo es lo que toca.

Hay un detalle que me acompaña siempre: Lorca escribió Son de Negros en Cuba sobre un enigmático viaje a mi ciudad. Ese poema es un toque de corneta china y de tambor que todavía se escucha en las congas, en la manera en que la música se mezcla con la calle. Cuando leo La casa de Bernarda Alba pienso en ese contraste: el Lorca que celebró la vitalidad negra y popular de Santiago, y el Lorca que retrató la represión y el silencio en un pueblo andaluz. Es como si dos fuerzas opuestas convivieran en su obra: la fiesta y la muerte, la libertad y la clausura. Y yo, como lector cubano, no puedo evitar leer a Bernarda desde esa tensión. La obra me habla porque en mi ciudad también existe esa pugna entre lo que se quiere vivir y lo que se impone desde afuera.

Lo que más me gusta de esta obra es que me enseñó a comprender el teatro como un arte que no se limita a contar historias, sino que revela estructuras invisibles de poder, deseos ocultos y silencios que pesan. Lorca me mostró que el teatro es un espacio donde la vida se desnuda, donde lo íntimo se convierte en público y donde lo social se vuelve personal. Esa lección fue decisiva para mí: me hizo entender que el teatro no es entretenimiento, sino una forma de conocimiento. Por eso retorno una y otra vez a Bernarda, porque cada lectura me recuerda que el teatro es capaz de iluminar lo que normalmente preferimos callar.

Después de leer esta obra y también Casa de muñecas de Ibsen, comencé a visitar con frecuencia el Cabildo Teatral Santiago. Allí descubrí que las palabras de Lorca y de Ibsen no se quedaban en los libros, sino que cobraban cuerpo en los actores, en la respiración del público, en el silencio compartido. El Cabildo se convirtió en mi escuela paralela: un lugar donde aprendí a mirar el teatro como experiencia viva, como diálogo entre lo que está escrito y lo que se encarna en escena. Cada función era distinta, cada montaje me enseñaba algo nuevo, y siempre volvía a pensar en Bernarda y en Nora, en sus encierros y sus rebeliones, en cómo esas historias dialogaban con mi propia ciudad.

Revisar una y otra vez un clásico no es un ejercicio académico, es una necesidad vital. Cada vez que vuelvo a Bernarda, me pregunto qué significa hoy el encierro. En Cuba, el encierro no siempre es físico: puede ser la falta de opciones, la imposibilidad de decidir, el peso de las tradiciones que no se cuestionan. Y entonces la obra se vuelve actual, no porque yo la fuerce, sino porque ella misma se abre a esas lecturas. Lorca no escribió para que lo leyéramos una sola vez; escribió para que sus palabras se transformaran con nosotros.

Lo que nadie suele decir es que La casa de Bernarda Alba se lee distinto en una ciudad como Santiago. Aquí, donde la música rompe cualquier silencio, el mutismo de las hijas de Bernarda se siente aún más brutal. Aquí, donde la calle es un espacio compartido, el encierro de esas mujeres se vuelve insoportable. Y aquí, donde Lorca dejó un poema que todavía conmina, su teatro se convierte en una convicción de que la vida puede ser sofocada si no se defiende con fuerza.

Por eso invito a leer y releer la obra. No para repetir lo que ya sabemos, sino para descubrir lo que cambia en nosotros y en nuestro entorno. Cada lectura es una conversación nueva con Lorca, con nuestra ciudad, con nuestra historia personal. Yo sigo encontrando en Bernarda un eco de las voces que me rodearon en la adolescencia, un reflejo de las tensiones que aún persisten en la sociedad cubana, y una advertencia sobre lo que ocurre cuando el deseo se reprime demasiado tiempo.

Releer a Lorca desde Santiago de Cuba es también releer nuestra realidad. Y esa es la verdadera razón por la que vuelvo una y otra vez a ese teatro andaluz y santiaguero porque cada regreso me revela algo que no había visto, algo que me obliga a pensar, a sentir, a cuestionar. Esa es la fuerza de un clásico, y esa es la invitación que quiero dejar: no se trata de leerlo una vez, sino de dejar que nos acompañe en el tiempo, que nos cambie, que nos incomode, que nos haga vivir más rotundamente.



Texto e imágenes de mi autoría.





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