🌿 "Los Símbolos"
(En español e inglés)

Vestimos símbolos que no comprendemos. Decoramos nuestros espacios con emblemas cuyo significado original se ha evaporado. Hablamos un lenguaje visual prestado, un esperanto de iconos globalizados que han colonizado nuestra percepción sin pedir permiso.
¿A dónde quiero llegar con esto? Se preguntarán. Y es que he visto a una persona del campo bien adentro, en la montaña, trabajando en labores de café. La señora de unos 60 años hermosa, con el pelo recogido en un moño antiquísimo, calzando unas botas de goma y vistiendo además de un pantalón de cruda franela, una camiseta con el logo de la playboy.
Esto me resultó tan extraño como común y no, no es un disparate, al menos creo que no lo es, o no estoy seguro, pero de lo que sí estoy seguro es de que ya somos seres habitados por símbolos ajenos.
Los símbolos ya no llegan con explicaciones. No desembarcan con manifiestos o tratados filosóficos. Invaden como migrantes clandestinos en contenedores de mercancías, en lotes de ayuda humanitaria, en redes sociales. El conejo de Playboy, la esvástica (reinterpretada en culturas orientales antes del nazismo), la hoz y el martillo, la cruz cristiana, la medialuna islámica, el logo de Nike o el de Coca-Cola, todos han emprendido viajes impredecibles, desprendiéndose de sus contextos originales como pieles muertas.

Esta conquista no es violenta, es viral. Se produce por ósmosis cultural, por la lógica implacable del sistema global que necesita imágenes reconocibles para vender productos. Un símbolo, para viajar lejos, debe simplificarse hasta volverse abstracto, estético, inocuo. Pierde su carga ideológica para convertirse en mercancía pura.
La esvástica, símbolo milenario de buena fortuna en el hinduismo y budismo, se convirtió en Occidente en la representación máxima del mal. Mientras tanto, en Nepal o India, continúa adornando templos y portales, indiferente a su reinterpretación occidental. ¿Cuál es la "verdadera" esvástica? Ambas y ninguna.
La camiseta de Playboy en la montaña ejemplifica este vaciamiento. Lo que alguna vez representó una revolución sexual (problemática, comercial, pero revolucionaria al fin) se transforma en tela de algodón con un conejo estilizado. La mujer no porta un mensaje sobre la liberación sexual; porta una camiseta y ya está. El símbolo ha sido conquistado por la necesidad básica, recontextualizado.
Nuestras identidades se construyen con fragmentos de culturas que no son las nuestras. Algunos ejemplos.
· El adolescente en Tokyo usando una camiseta del Che Guevara sin conocer la historia de Cuba.
· El empresario en Dubai con un tatuaje de caracteres chinos que cree significar "paz" pero realmente dice "sopa de fideos".
· El yoga despojado de su contexto espiritual para convertirse en ejercicio de gimnasio.
· El Día de Muertos mexicano comercializado globalmente como decoración "quirky".
Somos curadores inconscientes de un museo global de símbolos, comisarios sin conocimiento que organizamos significados sin comprender sus catálogos originales.
Pero mientras los símbolos nos invaden, nosotros los conquistamos de vuelta a través de la reinterpretación. La mujer de la montaña no es víctima pasiva de la globalización; es agente activa de resignificación. Al usar la camiseta de Playboy para trabajar la tierra, la despoja de su significado original y la impregna con el suyo propio: resistencia, trabajo, conexión con la naturaleza.
Esta capacidad de reapropiación es nuestra defensa más poderosa contra la colonización simbólica. Cada vez que un símbolo entra en un nuevo contexto, nace de nuevo. La cruz cristiana en el cuello de un músico de rock no significa lo mismo que en un monasterio medieval. La bandera estadounidense convertida en short en una playa brasileña ha sido domesticada, desarmada, vuelta otra cosa.

Nos dirigimos hacia un paisaje simbólico cada vez más fragmentado y personalizado. Los algoritmos de las redes sociales nos ofrecen símbolos a la medida de nuestros gustos previos, creando burbujas semióticas. El peligro no es tanto la invasión de símbolos ajenos, sino la ilusión de que elegimos libremente nuestros símbolos cuando en realidad son ofrecidos por algoritmos que predicen nuestra susceptibilidad.
La verdadera conquista llegará cuando recuperemos la conciencia sobre los símbolos que vestimos, compartimos y habitamos. Cuando preguntemos: ¿qué significa esto? ¿De dónde viene? ¿Qué digo realmente cuando lo muestro?
Tal vez la libertad no esté en rechazar los símbolos globales, sino en impregnarlos con nuestros propios significados locales, personales, humanos. Su camiseta de Playboy, manchada de tierra y café, dice algo más verdadero que todas las revistas de la marca juntas: dice supervivencia, dice resiliencia, dice vida.
De cierta manera todos somos habitantes de territorios simbólicos conquistados, pero con el poder secreto de reconquistarlos cada día a través del uso, la reinterpretación y, sobre todo, a través de la vida vivida con autenticidad . La última frontera no está en detener la invasión de símbolos, sino en recordar que nosotros—y solo nosotros—decidimos qué significan en el santuario de nuestra existencia.

Symbols

We wear symbols we don't understand. We decorate our spaces with emblems whose original meaning has evaporated. We speak a borrowed visual language, an Esperanto of globalized icons that have colonized our perception without asking permission.
Where am I going with this? You might ask. I saw a woman from the countryside, deep in the mountains, working in the coffee fields. A beautiful woman, around 60 years old, with her hair pulled back in an old-fashioned bun, wearing rubber boots, coarse flannel pants, and a Playboy T-shirt.
This struck me as both strange and commonplace, and no, it's not absurd—at least I don't think so, or perhaps I'm not entirely sure—but what I am certain of is that we are now beings inhabited by foreign symbols.
Symbols no longer arrive with explanations. They don't disembark with manifestos or philosophical treatises. They invade like undocumented migrants in shipping containers, in humanitarian aid shipments, on social media. The Playboy bunny, the swastika (reinterpreted in Eastern cultures before Nazism), the hammer and sickle, the Christian cross, the Islamic crescent moon, the Nike logo, and the Coca-Cola logo—all have embarked on unpredictable journeys, shedding their original contexts like dead skins.

This conquest is not violent, it's viral. It occurs through cultural osmosis, through the relentless logic of the global system that needs recognizable images to sell products. A symbol, to travel far, must be simplified until it becomes abstract, aesthetic, innocuous. It loses its ideological weight to become pure merchandise.
The swastika, an ancient symbol of good fortune in Hinduism and Buddhism, in the West, became the ultimate representation of evil. Meanwhile, in Nepal and India, it continues to adorn temples and gateways, indifferent to its Western reinterpretation. Which is the "true" swastika? Both and neither.
The Playboy T-shirt on the mountain exemplifies this emptying. What once represented a sexual revolution (problematic, commercial, but revolutionary nonetheless) is transformed into a piece of cotton fabric with a stylized rabbit. The woman isn't carrying a message about sexual liberation; she's wearing a T-shirt, that's all. The symbol has been conquered by basic necessity, recontextualized.
Our identities are constructed from fragments of cultures that aren't our own. Some examples:
• The teenager in Tokyo wearing a Che Guevara T-shirt without knowing the history of Cuba.
• The businessman in Dubai with a tattoo of Chinese characters that he thinks means "peace" but actually says "noodle soup."
• Yoga stripped of its spiritual context to become an exercise in gym.
• The Mexican Day of the Dead globally marketed as "quirky" decoration.
We are unconscious curators of a global museum of symbols, curators without knowledge who organize meanings without understanding their original catalogs.
But while symbols invade us, we conquer them back through reinterpretation. The mountain woman is not a passive victim of globalization; she is an active agent of resignification. By wearing a Playboy T-shirt to work the land, she strips it of its original meaning and imbues it with her own: resistance, work, connection with nature.
This capacity for reappropriation is our most powerful defense against symbolic colonization. Every time a symbol enters a new context, it is reborn. The Christian cross around the neck of a rock musician does not mean the same thing as it does in a medieval monastery. The American flag transformed into shorts on a Brazilian beach has been domesticated, disarmed, turned into something else. stuff.

We are heading towards an increasingly fragmented and personalized symbolic landscape. Social media algorithms offer us symbols tailored to our pre-existing tastes, creating semiotic bubbles. The danger lies not so much in the invasion of foreign symbols, but in the illusion that we freely choose our symbols when in reality they are offered by algorithms that predict our susceptibility.
The true conquest will come when we regain awareness of the symbols we wear, share, and inhabit. When we ask: What does this mean? Where does it come from? What am I really saying when I display it?
Perhaps freedom lies not in rejecting global symbols, but in imbuing them with our own local, personal, human meanings. His Playboy t-shirt, stained with dirt and coffee, says something truer than all the brand's magazines combined: it says survival, it says resilience, it says life.
In a way, we are all inhabitants of conquered symbolic territories, but with the secret power to reconquer them each day through use, reinterpretation, and, above all, through living authentically. The final frontier lies not in halting the invasion of symbols, but in remembering that we—and only we—decide what they mean in the sanctuary of our existence.

Translation in Google Translate
Cada jornada es un recrear símbolos, muchas veces reorientados por nuestras experiencias de vida.
Y no me refiero solo a grandes cambios culturales..., un par de besos, de la misma persona, en circunstancias diferentes, pueden resultar símbolos tan distintos..., que, en algunos instantes podrían ser hasta contrarios semánticamente.
Gracias por compartir con nosotros un detalle tan intrínseco a nuestra cotidianidad.
@topcomment
Oh, muchas gracias
Hermano, muy interesante publicación que nos hace reflexionar como todo lo que escribes. En lo personal no veo a las marcas comerciales como símbolos al mismo nivel de los otros que mencionas. Para mí un logo de ropa o de refresco, ni siquiera antes de “vaciarse de sentido” o globalizarse, ha dejado de ser desde su mismísimo origen un identificador de mercancía, sostenido por publicidad y sólo eso. Debe ser esa la razón por la que me da igual que un pulóver “de marca” se use para recoger café en Yateras, para entrenar en un gimnasio en Copenhague o para cosechar manzanas en Kursk. Al final me valen lo mismo: son productos moldeados para venderse, que terminan sirviendo para cualquier cosa como cualquier otra marca o producto sin marca. No lo veo con el peso de la cruz cristiana, la medialuna islámica o la esvástica en sus lecturas oriental y occidental. Estos sí son símbolos, con historia y con carga cultural profunda. Haría la salvedad de Playboy, porque ahí sí reconozco una cultura que se convirtió en símbolo de una manera de estar en el mundo. No comparto esa manera, pero la respeto como fenómeno cultural. El resto, para mí, son logos vacíos que se confunden con símbolos sin nunca haberlo sido. Te reitero el testimonio de mi respeto por tu escritura y su inmensa capacidad de hacernos pensar, que en última instancia siempre contribuyen a mi convicción de que “una existencia no analizada y no testimoniada no merece ser vivida”.
Por cierto respecto a con que vestirse en Cuba gran porciento de la población nos vestimos con lo que venga, por supuesto dentro de los límites del decoro y la vergüenza, pocos al nivel de usar un símbolo nazi por ejemplo, porque las carencias no piensan en símbolos y menos en los frívolos, más allá del profundo decoro que si nos sobra a nosotros y a muchísimo más de dos tercios de la humanidad que vive en un mundo muy desigual. Lo que impúdica y cínicamete intentan invisibilizar los centros globales de poder.
Gracias por tus siempre esperadas disquisiciones.
Brother, very interesting post that makes us reflect like everything you write. Personally, I don’t see commercial brands as symbols on the same level as the others you mention. For me, a clothing or soda logo, not even before “losing its meaning” or becoming globalized, has been since its very origin just an identifier of merchandise, sustained by advertising and nothing more. That must be the reason why I don’t care if a “brand” pullover is used to pick coffee in Yateras, to train in a gym in Copenhagen, or to harvest apples in Kursk. In the end they mean the same to me: products molded to be sold, that end up serving for anything like any other brand or even a product with no brand. I don’t see them with the weight of the Christian cross, the Islamic crescent, or the swastika in its Eastern and Western readings. Those are real symbols, with history and deep cultural charge. I would make the exception of Playboy, because there I do recognize a culture that turned into a symbol of a way of being in the world. I don’t share that way, but I respect it as a cultural phenomenon. The rest, for me, are empty logos that get confused with symbols without ever having been one. I repeat my testimony of respect for your writing and its immense capacity to make us think, which in the end always contributes to my conviction that “an existence not analyzed and not testified does not deserve to be lived.” By the way, regarding what to wear in Cuba, a large percentage of the population dresses with whatever comes, of course within the limits of decency and shame, few to the point of wearing a Nazi symbol for example, because scarcity doesn’t think about symbols and even less about frivolous ones, beyond the profound decency that we do have and that is shared by much more than two thirds of humanity living in a very unequal world, which the global centers of power shamelessly and cynically try to make invisible. Thanks for your always awaited reflections.
@topcomment
Estimado @psicologopoeta, tu comentario es tan profundo que merece una consideración detallada.
Planteas una distinción crucial con la que coincido en gran medida: hay una diferencia abismal entre un símbolo cultural (como la cruz, la esvástica o la medialuna) y un logo comercial (como Nike o Coca-Cola). Los primeros están cargados de historia, teología, filosofía y trauma colectivo; los segundos, en su origen, solo tienen la intención de identificar un producto para venderlo.
Tu escepticismo hacia los logos como "símbolos vacíos" es completamente válido. Sin embargo, el fenómeno que trataba de explorar es precisamente cómo, en la práctica de la globalización, esos logos vacíos adquieren una densidad simbólica por ósmosis. Dejan de ser solo marcas para convertirse en íconos de estatus, aspiraciones o pertenencia a cierta "tribu" global (la "swoosh" de Nike como símbolo de rendimiento o estilo de vida, por ejemplo). Es una carga prestada, artificial, pero no por ello menos influyente en la percepción. Playboy, como bien señalas, es un caso intermedio: nació como revista, pero su logo terminó simbolizando toda una cosmovisión sobre el hedonismo y la "libertad" sexual de una era.
Tu punto sobre Cuba y las carencias es agudo y necesario. Tienes toda la razón: cuando la necesidad impera, el simbolismo pasa a un segundo plano. La ropa cumple una función práctica primero. Es en esa disparidad donde reside la ironía más grande: un sistema global produce en masa símbolos de consumo (camisetas con logos), que luego terminan en contextos donde su significado original es irrelevante, pero donde, aun así, adquieren una nueva capa de significado: la de la resiliencia, la de "vestir con lo que haya", como bien dices. Eso no glorifica la carencia, sino que testimonia la dignidad humana que persiste a pesar de las desigualdades.
Sigamos, pues, analizando y testimoniando nuestra existencia. Esa es, al fin y al cabo, la forma más auténtica de conquistar los símbolos que nos rodean y habitarlos con verdad.
Un saludo cordial 🫂
Sí comprendí el sentido de tu publicación lo que quise expresar es que en Cuba y en los muchos países, es gran parte de los países tercermundistas lo que más abunda es el uso de la ropa por necesidad de vestir algo; y las topas de marcas sobre todo en contextos juveniles o de moda incluso en estos países no creo que hayan entrado por ósmosis sino en el sentido mercantilista y de consumo activo, con el mismo sentido con que se comercializan afuera, para marcar status... No sé si estás al tanto que los millonarios por lo general suelen usar ropas y otros productos de calidad pero no de marca. Las marcas tienen un consumidor diana, las personas que quieren aparentar tener un ststus que no tienen y son los que pagan altos precios con este fin, el marketing los tiene identificados y produce para ellos. Por demás respecto al resto de los símbolos estoy totalmente de acuerdo contigo. Nada que es siempre muy interesante contar con artículos que nos motiven a hacer un análisis acucioso de nuestras realidades y son muy válidos los aportes de gran calidad como es el caso de tus publicaciones.
Tu reflexión es un análisis semiótico, tal como lo hacemos ante una obra artística. Y es que creamos símbolos y creemos que nuestros conceptos son perecedero y no. Tus ejemplos son muy claros.
Y tu entrada es muy grata estimada diva🌻 la noche y tú 🌻😘