QUIRÓFANO/OPERATING ROOM (Esp-Eng)
Hola, mis amigos. Es un placer saludarlos. Hoy les traigo un cuento fantástico, ojalá les guste.
Sentado a su derecha, un señor flaco de unos setenta años contaba anécdotas sobre las andanzas de su juventud, una de ellas llamó la atención de Sonia. Decía el pícaro anciano que todas sus camisas y pantalones, los compraba dobles. Una muda para la casa y otra la dejaba en la oficina, así, cuando salía con otras mujeres, siempre iba a al trabajo de regreso y se ponía la muda limpia, sin olores ni pinturas labiales, de esta forma, encubría sus infidelidades.
A su izquierda, una señora tan vieja como el Capitolio, movía incesantemente las piernas y los pulgares de sus manos retozaban uno alrededor del otro. Lourdes le preguntó si no sabía hacer otra cosa y la anciana le respondió:
_Si, los puedo mover para el otro lado.
Lourdes hizo lo posible para no impacientarse y decirle un disparate.
_Rolando. Dijo una voz de mujer al final del pasillo.
Al anciano se le caían los pantalones y se alejó sujetándolos hasta que se perdió tras una puerta. La higiene del lugar era impecable. Un sitio acogedor, pero de ser posible, Lourdes no estaría allí. Todo comenzó desde hacía tres meses cuando a su ojo derecho se le ocurrió empezar a llorar. Al principio no le hizo caso, pero a medida que pasaban los días, era menor la frecuencia entre una lágrima y otra. Ahí fue que se alarmó, ella no tenía ningunas ganas de llorar, su vida estaba en un excelente momento.
Pasó por varios médicos y tratamientos pero la lágrima insistía. Hasta que llegó a las manos del Dr. Michel, un joven con voz suave que le explicó tenía una obstrucción del lagrimal y debía someterse a una operación con un nombrecito bastante difícil de pronunciar, dacriocistorrinostomía, comúnmente llamada dacrio entre los especialistas de oculoplastia.
-Lourdes.
De un salto, se puso de pie y se dirigió hacia el salón. Al abrir, pensó que estaba en las mismísimas puertas del Polo Norte. La recibieron dos enfermeras. Allí estaba su medico y el resto del personal. La acostaron en la mesa y casi sin darse cuenta ya le habían puesto un paño verde en la cara, solo dejaron libre el área de la cirugía. Le desinfectaron el ojo y le dieron varios pinchazos para colocar la anestesia.
Hasta ese punto, los nervios de Lourdes no habían perdido la compostura, pero cuando sintió un taladro perforar su tabique, su cuerpo se estremeció. El hedor que emanaba el hueso al ser perforado, le produjo nauseas y fatiga. El corazón se le disparó, grandes gotas de sudor corrían por sus sienes a pesar de la baja temperatura del local. Un ataque de pánico se anunciaba. Una sola idea tenía en su mente: Levantarse y salir de allí.
El equipo médico hacía su trabajo. El Dr. Michel, con todo su empeño, se enmeraba en resolver una pequeña complicación que se presentó en el intraoperatorio. El tabique de Lourdes tenía un grosor fuera de lo normal y esto dificultó ciertas maniobras por y la operación se extendió más de lo planificado.
De repente, un viento inesperado abrió las puertas del quirófano de par en par. El cuerpo de Lourdes empezó a elevarse en esa misma posición horizontal y salió del salón a gran velocidad. Los presentes quedaron boquiabiertos. Fue imposible detenerla. Bajó las escaleras inmóvil, flotando, ya en posición vertical, y envuelta en un halo de luz verde. No podía creer que levitaba, que ella también era capaz de violar las leyes de la física, ingrávida como un cosmonauta en plena órbita.
Todos a su paso comentaban espantados. Tal si fuera un espectro, entró por la ventanilla cerrada de su auto, lo puso en marcha y se largó. La sangre que brotaba de la herida cubría desde la nariz hasta la barbilla, un rastro de dibujos amorfos y rojos adornaban la bata del hospital. Cada vez que se detenía en algún semáforo, todos a su alrededor abrían los ojos asombrados.
¿Qué miran? decía Lourdes, desesperada.
Un fuerte dolor de cabeza le impedía concentrarse en el timón. Su idea era llegar a casa, meterse bajo la ducha, luego dormir y olvidar el terrible episodio. Se desató un inminente aguacero acompañado de tormentas eléctricas. La lluvia impedía una buena visibilidad. Caían rayos por todas partes y uno vino a dar justo en el medio de la carretera. Cegada por la luz, perdió el control y chocó contra un autobús que venía en sentido contrario. Las personas gritaban. Lourdes se dió un fuerte golpe en el pecho con el timón y sintió que pedía las fuerzas.
Vinieron a su mente recuerdos lejanos, su infancia , adolescencia y hasta el día que parió a su primer hijo. Varias personas lograron sacarla del auto y ponerla en el piso. En ese momento, sintió que alguien tomó su mano derecha y le acariciaron la cabeza.
Lourdes, ya puedes ponerte de pie, la operación ha sido un éxito dijo el Dr. Michel.
Texto de mi propiedad
OPERATING ROOM
Hello, my friends. It's a pleasure to greet you all. Today I bring you a wonderful tale, I hope you like it.
A reddish sky and many gray clouds were the landscape visible through the enormous glass windows. It was a strange day for Lourdes; things seemed to float with no respect for gravity, although everything indicated she was the only one who noticed. Despite that, the light green tone of the walls transmitted a certain serenity to her.
To her left, a woman as old as the Capitol building moved her legs incessantly, and the thumbs of her hands frolicked around each other. Lourdes asked her if she didn't know how to do anything else, and the old woman replied:
_Yes, I can move them the other way.
Lourdes tried her best not to get impatient and say something rude to her.
_Rolando. Said a woman's voice at the end of the hallway.
The old man's pants were falling down, and he walked away holding them up until he disappeared behind a door. The hygiene of the place was impeccable. A cozy spot, but if possible, Lourdes would not be there. It all started three months ago when her right eye decided to start crying. At first she ignored it, but as the days passed, the time between one tear and the next became shorter.
That's when she became alarmed; she had no desire to cry, her life was at an excellent point. She went to several doctors and tried treatments, but the tear insisted. Until she ended up in the hands of Dr. Michel, a young man with a soft voice who explained she had a blocked tear duct and needed an operation with a rather difficult name to pronounce, dacryocystorhinostomy, commonly called "dacrio" among oculoplastic specialists.
-Lourdes.
She jumped to her feet and headed towards the room. Upon opening the door, she thought she was at the very gates of the North Pole. Two nurses greeted her. Her doctor and the rest of the staff were there. They laid her down on the table and almost without her noticing, they had already placed a green cloth over her face, leaving only the surgical area free. They disinfected her eye and gave her several injections to administer the anesthesia. Up to that point, Lourdes's nerves had held their composure, but when she felt a drill perforating her septum, her body shuddered.
The stench emanating from the bone being drilled caused her nausea and fatigue. Her heart raced; large drops of sweat ran down her temples despite the low temperature of the room. A panic attack was looming. She had only one thought in her mind: Get up and get out of there. The medical team was doing their job. Dr. Michel, with all his determination, was focused on resolving a small complication that arose during the operation. Lourdes's septum had an unusual thickness, and this hindered certain maneuvers, prolonging the operation beyond what was planned.
Suddenly, an unexpected wind swung the operating room doors wide open. Lourdes's body began to rise in the same horizontal position and left the room at high speed. Those present were left open-mouthed. It was impossible to stop her.
She went down the stairs motionless, floating now vertically and wrapped in a halo of green light. She couldn't believe she was levitating, that she too was capable of violating the laws of physics, weightless like a cosmonaut in full orbit. Everyone she passed commented in fright.
As if she were a specter, she entered through the closed window of her car, started it, and took off. The blood gushing from the wound covered from her nose to her chin; a trail of amorphous red designs adorned the hospital gown. Every time she stopped at a traffic light, everyone around her opened their eyes in astonishment.
_What are you looking at? Lourdes said, desperate.
A strong headache prevented her from concentrating on the steering wheel. Her idea was to get home, get under the shower, then sleep and forget the terrible episode. An imminent downpour broke out, accompanied by electrical storms.
The rain hampered visibility. Lightning fell everywhere, and one struck right in the middle of the highway. Blinded by the light, she lost control and crashed into a bus coming from the opposite direction. People screamed. Lourdes took a strong blow to the chest from the steering wheel and felt her strength fading.
Distant memories came to her mind: her childhood, adolescence, and even the day she gave birth to her first son. Several people managed to pull her from the car and put her on the ground. At that moment, she felt someone take her right hand and stroke her head.
_Lourdes, you can stand up now, the operation was a success. Said Dr. Michel.
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Cuánta maravilla leerte...
¡Bravo!
Gracias. Abrazo 🤗