¿Quién soy? #20 Lo que ese libro me dejó. "Cien Años de Soledad". Who Am I? #20 What That Book Left Me. "One Hundred Years of Solitude". (ESP/ENG)
Hola, a los amigos de esta comunidad #Holos-Lotus y demás hivers que navegan en la plataforma. Un saludo caluroso desde La Habana. Una vez más con ustedes, está vez para presentar mi propuesta en esta iniciativa convocada por @damarysvibra.
Debo decir que la pasión por la lectura no me llegó de niña. Mis padres, por motivos de lejanía, me becaron en tercer grado y solo los fines de semana interactúabamos con mayor intensidad, no había mucho tiempo para lecturas.
De manera que comenzaré con estas palabras para adentrarnos en lo que este libro me dejó:
"Cuando escribí Cien Años de Soledad estaba tan feliz, que soñaba estar inventando la literatura"
Gabriel García Márquez.
Las más de trescientas páginas de esta maravillosa novela, constituyen un tesoro que descubrí y el cual agradezco eternamente. Lectura que ha sido y es, la que ha marcado buena parte de mi vida y de quién soy. Los invito entonces, a hacer un recorrido imaginario por algunos pasajes de "Cien años de soledad", para que puedan entender lo que esté libro me trajo y me dejó. ¡Allá va eso!
A fines de los ochenta era una adolescente rebelde con nombre de país africano. Y aunque me sentía, hasta cierto punto, orgullosa de eso, yo quería un nombre único e irresistible, algo original y auténtico, fuera de lo común. El día que cumplí quince años, una vecina me regaló un libro viejo titulado Cien Años de Soledad de un tal Gabriel García Márquez. Tenía un grosor para respetar y no le di importancia a pesar de las recomendaciones.
En aquel entonces, solo leía Somos Jóvenes, Bohemia, Mujeres y alguna que otra vanalidad que caía en mis manos sobre farándulas y chismes de paparassis. Pasado unos meses, mi vecina me preguntó si ya había leído el libro. Por pena, le dije que andaba por la mitad. ¿Y qué te parece? Prefiero terminarlo y luego te doy mi opinión. Esa mentira me obligó a rescatarlo de su rincón del olvido. Me acosté en la cama, lo abrí y estornudé.
Desde el inicio supe que sería una lectura densa y difícil, pero entretenida. Leí las primeras líneas y enseguida me atrapó: "Muchos años después". ¿Después de qué? Me fui hasta el final: "Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad, no tienen otra oportunidad sobre la tierra". Lo radical de la sentencia me dejó impresionada. Tengo que saber por qué ese señor colombiano llegó a tal conclusión. (Pensé)
Mis primeras sonrisas fueron para Melquíades mientras arrastraba los lingotes de imán que atraían a cuanto cacharro o tareco de hierro se cruzara en su camino, pregonando que las cosas tenían vida propia, solo era cuestión de despertarles el ánima. Gracias a Melquíades empecé a interesarme por la química y casi me aprendí de memoria la tabla periódica de los elementos, lo que me sirvió de mucho en mis estudios preuniversitarios.
Me quedé dormida en la página veinte, cuando el pequeño Aureliano profetizó la caída de la olla de caldo hirviendo. En esa época vivía en un barrio de campo llamado Marianaje a unos tres kilómetros de la civilización (El Caney) y otros tantos de la ciudad de Santiago de Cuba. Lo primero que hice fue cambiarle el nombre a mi barrio por el de Macondo. Resultaba más apropiado y simpático, aunque el rio de mi aldea no era para nada de "aguas diáfanas y piedras pulidas como huevos de dinosaurios", sino todo lo contrario. Perdí la cuenta de los blumer que rompí deslizándome sobre sus rocas agrietadas.
A partir de ese momento, coloqué mi preciado regalo en el bolso de la escuela. Leía en todos mis ratos libres. En el receso, los cambios de turnos, mientras esperaba para comer (En la beca). Resultó una lectura tan novedosa y entretenida que no quería hacer otra cosas más que leer.
Aquellos gitanos con sus carpas de Marzo en Marzo, se ilustraron en mi mente y me trasladaban a un mundo de fantasía y deslumbramiento.
Fue en la página treinta y cuatro donde descubrí el nombre que quería para mí. Amaranta, así quiero que me llamen desde ahora. Les dije a todo el mundo. Nadie hizo caso. Traté de persuadir a mis padres para hacer los trámites y cambiarme el nombre. Dijeron que ellos lo habían escogido con mucho cariño y si estaba inconforme que esperara a cobrar mi primer salario para cambiármelo. Me sentí avergonzada y no hablé más del tema.
Continuaba la lectura y les confieso que hubo partes que no entendí. Tuve que acudir un montón de veces al diccionario. Por momentos reía y otros reflexionaba, envuelta en una dimensión donde todo parecía levemente distorsionado, pero no irreal, como bien afirma Benedetti.
Vi reflejada a mi madre en la laboriosa y activa Ursula Iguarán, quien mantenía impecables los muebles y patios de la casa tanto como ella. Ya por la pagina cincuenta estaba contagiada con la peste del insomnio y ni siquiera el cuento del gallo capón me daba sueño. Solo quería leer, leer y leer. A fin de cuentas, "eso de dormir era una inútil costumbre". ¿Quién querría perder tiempo en esa simpleza?" Por suerte, no tuve que acudir al método de ponerle el nombre a los objetos, ni colgarle un cartel en el cuello a la vaca de mi abuelo.
Me resultaban familiares las idas y venidas de Melquíades, con sus inventos y últimos descubrimientos del mundo. Su peculiar manera de regresar de la muerte por no soportar la soledad. Sufrí junto a Rebeca y Amaranta la lucha por conquistar al italiano. Supe que el amor no es interpretado por todos de la misma forma. Hay quienes no se conforman con perder y se valen de las más variadas triquiñuelas para lograr sus objetivos.
El noviazgo de Rebeca y Pietro Crespi me hizo recordar al de mis padres. Contaba mi mamá que en su juventud, cuando mi papá hacía sus visitas, mi abuelo mantenía puertas y ventanas abiertas para evitar comentarios y tomaba todo tipo de precauciones innecesarias porque, según ella, su novio, mi futuro padre, era tan tímido y respetuoso, diría yo, como el mismísimo Crespi, quien no se atrevía siquiera a tocar la mano de la que sería su esposa.
Por otra parte, esta lectura me hizo asegurarme,mediante la creación del árbol genealógico de mi familia, de nunca partirle a un primo o un sobrino para no tener hijos con colas de puerco. Lo mismo traté de hacer con los Buendía. Pero son tantos los José, Arcadios, Aurelianos, Remedios, que resulta casi imposible distinguir entre unos y otros. Disfruté mucho la ingenuidad y falta de malicia de Remedios, la bella, la tenacidad de Ursula, quien trató hasta los últimos suspiros de mantener unida a su familia. Censuré la arrogancia y falta de sensibilidad de Fernanda, a quien solo le interesaba recuperar sus sábanas y al parecer no sabía que todos defecamos lo mismo, así lo hagamos en bacinillas de oro. Recordé a cierta tía en este personaje que tenía "la tortuosa costumbre de no llamar las cosas por su nombre para hacerlas menos vergonzosas", razón por la que ambas dejaron de resolver muchos problemas.
Entendí el círculo vicioso de los pescaditos de oro del Coronel Aureliano Buendía quien quería escapar del tiempo y de las trampas de la política que lo llevaron a promover las treinta y dos guerras en las que fue derrotado. Quedé impresionada con la forma en que trató de "borrar todo vestigio de su paso por la tierra, como si con ello anulara los recuerdos de las personas". Sentí el brutal exterminio de los diecisiete hijos del Coronel, marcados con una cruz de ceniza en la frente que los llevó a la muerte.
Fui testigo del arribo del tren por primera vez a Macondo, que trajo consigo más desgracia que alegría, de la colocación del alumbrado público que mantuvo en vilo a muchos trasnochados con el invento, de la llegada del cine que confundió tanto a los macondianos que prefirieron no volver pues lo creyeron una burla, de los estragos causados por la compañía bananera y todo por el simple hecho de invitar a un gringo a comer guineo, del protagonismo indiscutible de las pacientes hormigas coloradas, quienes se ganaron un lugar decisivo en la historia. Hasta hoy no puedo evitar pensar en Macondo cuando llueve, único sitio donde ha llovido por casi cinco años.
Hubo momentos en que me sentí una pobladora más. Vecina de los Buendía. Una de las amigas de Rebeca y Amaranta que bordaban en el corredor de las begonias esas tardes tristes. Fue por esos días que presencié el milagro de levitación del padre Nicanor con su taza de chocolate. Ocurrían en Macondo tantos acontecimientos inexplicables, que nadie se detenía a analizarlos (Salvo José Arcadio Buendía) porque simplemente resultaban verosímiles para ellos.
Leí varias veces escenas cargadas de un fino y suspicaz sentido del humor como aquella en que los tataranietos de Ursula le hicieron creer que estaba muerta. O la otra en que Amaranta le habla a Fernanda en jerigonza y esta no entiende nada. O quizás la escena en que Remedios, la bella, tomaba un baño y le dice con toda naturalidad al hombre que la mira: "Se va a caer". O tal vez esa en que Amaranta supuestamente le echa arsénico a la sopa.
Como los habitantes de Macondo, yo tampoco sabía por donde empezar a asombrarme con tanta maravilla y con la forma magistral en que está escrita esta obra. Entrelazando personajes, hechos, situaciones, con gran delicadeza y armonía utilizada en las metáforas y otros recursos literarios. Recordándonos a cada paso, sucesos acontecidos con anterioridad que ya nadie esperaba volver a escuchar, digo, leer.
Trato de hallar una palabra para definir mi experiencia con esta lectura y no encuentro otra que fascinación. En el libro, además, se reflejan las condiciones histórico-políticas de cualquiera de los pueblos de América. Fue a los dieciséis años, después de leer Cien Años de Soledad, que escribí mi primer poema. Tal vez esa lectura, de forma inconciente, despertó en mi a los ángeles y demonios que dicen llevar dentro los escritores.
El día en que por fin terminé de leer el libro, fui a ver a mi vecina y le di las gracias. Conversamos por largo rato y reímos con las ocurrencias del autor. En la primera ocasión, quedé sin entender algunas cosas. A mi corta edad no sabía como funcionaba este mundo y tampoco conocía mucho de historia.
A los treinta y cinco años lo volví a leer y lo disfruté aún más. Esta vez descubrí escenas cargadas de erotismo y sensualidad, que me hicieron estremecer. Como la primera noche de amor de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, cuando este le ordena que se quite el pantalón de castidad y estuvieron "retozando hasta el amanecer". Pero la que más disfruté fue la “feroz batalla” entre Aureliano y Amaranta Úrsula que "en el fondo carecía de violencia, hasta el punto en que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo cómplices y adversarios y terminaron entregándose a los silbos anaranjados y globos invisibles que esperaban al otro lado de la muerte".
A los cuarenta y un años, la leí por tercera vez y estoy casi segura que no será la última. Si la vida me lo permite, cuando sea una anciana y tenga un pacto digno con la soledad, este libro será mi compañía. El fallecimiento de este genio de la literatura que fue Gabriel García Márquez, digno representante de ese Realismo Mágico que envuelve a nuestra América, dejó un vacio en el alma de sus seguidores y también en el alma de la literatura. Ya no disfrutaremos de su ingenio, creación y sabiduría. Habrá que conformarse con lo que dejó escrito, que no es poco. De él, he leído varios títulos como: Memoria de mis putas tristes; Del amor y otros demonios, El coronel no tiene quien le escriba, entre otros, pero ya saben cual es mi preferido.
Tengo por costumbre, de vez en cuando, abrir el libro en cualquier página y leer algo. Hacer esto me produce una sensación tan grata, que terminó siempre con una sonrisa. Es por eso que la foto que muestro no tiene la carátula original, se imaginarán que después de tantos años y tanto manoseo, sería muy difícil conservarlo intacto.
En mi opinión, Cien Años de Soledad es lectura obligatoria para quienes como yo, pretenden hacer de la escritura parte de su vida. Para no estocar los sentimientos de mis padres, desistí de cambiarme el nombre. Pero como ser escritora me da la posibilidad de un seudónimo o nombre artístico, asumí el de Amaranta.
Les comento que este libro me dejó el afán imperioso de leer y descubrir otras lecturas, me enseñó a volar sin alas y a soñar despierta, a vivir a plenitud y a entender que un libro es compañía perfecta para evitar el aburrimiento. Mediante esta lectura logré entender ciertos aspectos de la vida en los pueblos de América, colonizados y saqueados por siglos. Además, al leer Cien años de Soledad por segunda vez, me convencí de que ser escritora era mi destino, tenía y tengo la necesidad y la obligación de intentarlo al menos. Espero hallan disfrutado este recorrido y se animen a leer esta obra que le valió a su autor un Premio Nobel.
Quiero finalizar diciendo que este libro me contagió de la imaginación, empeño y perseverancia de José Arcadio Buendía, quien siempre luchó por sus sueños. Lo mismo haré, aunque pierda la cordura y tenga que permanecer amarrada a una ceiba, hasta mi último día sobre la tierra.
Contenido original. Imágenes de mi propiedad.
Who Am I? #20 What That Book Left Me. "One Hundred Years of Solitude".
Hello to the friends of this community #Holos-Lotus and other hivers navigating the platform. Warm greetings from Havana. Once again with you, this time to share my entry for the initiative hosted by @damarysvibra.
I must confess that my passion for reading didn’t come to me as a child. My parents, due to distance, enrolled me in a boarding school in third grade, and we only interacted intensely on weekends. There wasn’t much time for reading.
So, I’ll begin with these words to delve into what this book left me:
“When I wrote One Hundred Years of Solitude, I was so happy that I dreamed I was inventing literature.”
—Gabriel García Márquez.
The over three hundred pages of this marvelous novel are a treasure I discovered and for which I am eternally grateful. This book has been, and still is, a defining force in much of my life and who I am. I invite you to join me on an imaginary journey through some passages of One Hundred Years of Solitude to understand what this book brought and left me. Let’s go!
In the late 1980s, I was a rebellious teenager with a name from an African country. Though I felt somewhat proud of that, I wanted a unique, irresistible name—something original, authentic, and uncommon. On my fifteenth birthday, a neighbor gifted me an old book titled One Hundred Years of Solitude by someone named Gabriel García Márquez. It was thick enough to command respect, but I brushed it aside despite recommendations.
Back then, I only read Somos Jóvenes, Bohemia, Mujeres, and other trivial magazines about celebrity gossip and paparazzi rumors. Months later, my neighbor asked if I’d read the book. Out of embarrassment, I said I was halfway through. “And what do you think?” she pressed. “I’d rather finish it and then give my opinion,” I lied. That lie forced me to rescue it from its forgotten corner. I lay on my bed, opened it, and sneezed.
From the start, I knew it would be dense yet entertaining. The first lines hooked me: “Many years later…” Later than what? I skipped to the end: “…because races condemned to one hundred years of solitude did not have a second opportunity on earth.” The radical finality of that sentence stunned me. I need to know why this Colombian man reached such a conclusion, I thought.
My first smiles were for Melquíades, dragging his magnetized ingots that attracted every scrap of iron in their path, proclaiming that “things have a life of their own… it’s simply a matter of waking up their souls.” Thanks to Melquíades, I grew interested in chemistry and nearly memorized the periodic table, which helped me in pre-university studies.
I fell asleep on page twenty, when little Aureliano prophesied the fall of the boiling broth pot. At the time, I lived in a rural neighborhood called Marianaje, three kilometers from civilization (El Caney) and a few more from Santiago de Cuba. First, I renamed my neighborhood “Macondo.” It felt more fitting and whimsical, though our river was nothing like “waters so clear they revealed prehistoric stones smooth as dinosaur eggs”—quite the opposite. I lost count of the bloomers I ripped sliding over its jagged rocks.
From then on, I carried my precious gift in my school bag. I read during every free moment: breaks, shift changes, while waiting for meals (at the boarding school). It was such a fresh, captivating read that I wanted to do nothing else. Those gypsies, arriving every March with their tents, painted themselves in my mind, transporting me to a world of fantasy and wonder.
On page thirty-four, I found the name I wanted: Amaranta. “From now on, I want to be called Amaranta,” I announced. No one listened. I tried persuading my parents to legally change my name. They said they’d chosen mine with love, and if I disagreed, I could wait until my first paycheck to change it. Ashamed, I dropped the topic.
I continued reading, though I confess some parts confused me. I consulted the dictionary countless times. At times I laughed; other times I reflected, lost in a dimension where everything felt slightly distorted yet not unreal, as Benedetti once wrote.
I saw my mother in the hardworking, bustling Úrsula Iguarán, who kept her home’s furniture and patios as spotless as Mom. By page fifty, I’d caught the insomnia plague—not even the tale of the capon rooster could lull me. I just wanted to read, read, read. After all, *“sleeping was a useless habit.” Who would want to waste time on such a triviality?" Luckily, I didn’t have to resort to the method of labeling objects or hanging a sign around my grandfather’s cow’s neck.
Melquíades’ comings and goings, with his inventions and the world’s latest discoveries, felt familiar to me. His peculiar way of returning from death because he couldn’t bear loneliness. I suffered alongside Rebeca and Amaranta in their battle to win over the Italian. I learned that love is not interpreted the same way by everyone. There are those who refuse to accept defeat and resort to the most varied tricks to achieve their goals.
Rebeca’s courtship with Pietro Crespi reminded me of my parents’. My mother used to say that in her youth, when my father visited, my grandfather kept doors and windows open to avoid gossip and took all sorts of unnecessary precautions because, according to her, her suitor—my future father—was as shy and respectful, I’d say, as Crespi himself, who didn’t even dare touch the hand of his future wife.
Moreover, reading this book made me confirm, by creating my family tree, that I should never hook up with a cousin or nephew to avoid having children with pig tails. I tried to do the same with the Buendías. But there are so many Josés, Arcadios, Aurelianos, and Remedios that it’s nearly impossible to tell them apart. I adored the innocence and lack of malice of Remedios the Beauty. Ursula’s tenacity, who fought until her last breath to keep her family united. I condemned Fernanda’s arrogance and insensitivity, who only cared about reclaiming her bedsheets and seemed unaware that we all defecate the same, even if we do it into golden chamber pots. This character reminded me of a certain aunt who had "the twisted habit of avoiding calling things by their names to make them less shameful," which is why both failed to resolve many problems.
I understood the vicious cycle of Colonel Aureliano Buendía’s golden fishes, who sought to escape time and the political traps that led him to incite thirty-two wars, all of which he lost. I was struck by how he tried to "erase every trace of his existence on Earth, as if doing so would nullify people’s memories." I felt the brutal extermination of the Colonel’s seventeen sons, marked with ash crosses on their foreheads, which doomed them to death.
I witnessed the first train’s arrival in Macondo, which brought more misfortune than joy; the installation of public lighting that left night owls in suspense; the arrival of cinema, which confused the townsfolk so much they deemed it a mockery and refused to return; the devastation caused by the banana company—all because someone invited a gringo to eat plantains; and the undisputed prominence of patient red ants, who secured a decisive role in history. To this day, I can’t help thinking of Macondo when it rains—the only place where it once rained for nearly five years.
There were moments I felt like another resident of Macondo. A neighbor of the Buendías. One of Rebeca and Amaranta’s friends embroidering on the begonia-filled porch during those somber afternoons. It was around then that I witnessed Father Nicanor’s levitation miracle with his cup of hot chocolate. So many inexplicable events occurred in Macondo that no one paused to analyze them (except José Arcadio Buendía), because they simply seemed plausible to them.
I reread scenes brimming with sharp, sly humor—like when Ursula’s great-grandchildren convinced her she was dead. Or when Amaranta spoke to Fernanda in gibberish, leaving her baffled. Or perhaps when Remedios the Beauty, bathing, casually told the man ogling her, "You’re going to fall." Or when Amaranta supposedly poisoned the soup with arsenic.
Like Macondo’s inhabitants, I, too, didn’t know where to begin marveling at such wonders and the masterful prose of this work. Characters, events, and situations intertwine with delicate harmony, enhanced by metaphors and literary devices. It reminds us at every turn of past occurrences no one expected to relive—or reread.
I’ve tried to find a word to define my experience with this book, and none fits better than fascination. The novel also reflects the historical and political conditions of any Latin American town. At sixteen, after reading One Hundred Years of Solitude, I wrote my first poem. Perhaps, subconsciously, this book awakened the angels and demons writers claim to carry within.
The day I finally finished the book, I went to thank my neighbor. We talked and laughed over the author’s wit for hours. The first time I read it, some parts eluded me. At my young age, I barely understood the world or history. At thirty-five, I read it again and loved it even more. This time, I discovered scenes charged with eroticism and sensuality that made me shiver—like José Arcadio Buendía and Úrsula Iguarán’s first night of love, when he orders her to remove her chastity pants and they "romped until dawn." But my favorite was the "ferocious battle" between Aureliano and Amaranta Úrsula, which "lacked violence to the point that both became aware of being accomplices and adversaries at once, surrendering to orange whistles and invisible balloons awaiting them beyond death."
At forty-one, I read it a third time, and I’m almost certain it won’t be the last. If life allows, when I’m old and have made peace with solitude, this book will be my companion. The death of Gabriel García Márquez—a literary genius and pillar of our Magical Realism—left a void in his readers’ souls and in literature itself. We’ll no longer enjoy his wit, creativity, or wisdom. We must cherish his written legacy, which is vast. I’ve read several of his works—Memories of My Melancholy Whores, Of Love and Other Demons, No One Writes to the Colonel—but you know my favorite.
Occasionally, I open the book at random and read a passage. It fills me with such joy that I always end up smiling. That’s why the photo I’m sharing doesn’t show the original cover—after decades of handling, keeping it intact would’ve been impossible.
In my opinion, One Hundred Years of Solitude is essential reading for anyone, like me, who wants writing to be part of their life. To spare my parents’ feelings, I abandoned changing my legal name. But as a writer, I adopted a pseudonym: Amaranta.
This book ignited an urgent desire to read and discover more literature. It taught me to fly without wings, dream awake, live fully, and see books as perfect antidotes to boredom. Through it, I grasped aspects of life in Latin American towns, colonized and plundered for centuries. Rereading it convinced me writing was my destiny—I owe it to myself to try. I hope you enjoyed this journey and feel inspired to read this Nobel Prize-winning masterpiece.
I’ll end by saying this book infected me with José Arcadio Buendía’s imagination, determination, and perseverance in chasing his dreams. I’ll do the same, even if I lose my sanity and end up tied to a ceiba tree until my last day on Earth.
Original content. Images are my own.
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Sigue, contacta y se parte del testigo en: // Follow, contact and be part of the witness in:
@kpoulout leer esta publicación es casi como volver a leer Cien años de soledad.
Tienes un pulso narrativo de una fuerza vigorosa que se agradece. Salpicado con tus anécdotas personales, tu manera de enfrentar la vida y salir adelante se agradece.
Los grandes escritores tienen el poder de hacer no cambiar para siempre. El mismo Gabo decía que su método para escribir era poniendo una palabra después de la otra. Y claro que ese es, solo que el concepto encierra una trampa china. Una después de la otra sí, pero cuál después de quién 😀
Gracias!!!✨
Este libro en como una Biblia para mí, siempre regreso a él en busca de sabiduría y aprendizaje. Agradezco mucho tus palabras, me hace muy feliz saber que voy por buen camino, un camino en el también he sido tu discípula. Un camino largo que nunca termina, donde hay que descifrar el acertijo del Gabo. Muchas gracias 😘🙏
Estimada amiga no pudiste elegir un mejor libro para iniciar tu ardua participación en esta genial iniciativa de quién soy semana 20 como 100 años de soledad todo un clásico digno de valorar en cada una de sus líneas que dejan una Sublime moraleja. Éxitos en tu gran desarrollo. Bendiciones mil.
Cien años de soledad es mi credo. Un libro mágico que siempre me acompaña. Participar en estas iniciativas nos hace crecer, desdoblar nos y crear. Muchas gracias por tu amable comentario 😘
Tus letras siempre logran conmoverme. Tan sinceras y desafiantes como tu misma.
Honor que me haces al leer mis contenidos y regalarme unos minutos de tu preciado tiempo. Gracias 😘🙏
Este libro siempre marca un antes y un después en sus lectores, Gabriel García Márquez no habrá reinventado la literatura pero ciertamente se acercó bastante, logró capturar el alma de todo un continente en un solo libro. Fue un verdadero placer leer tu post.
Totalmente de acuerdo contigo. Ese libro tiene una magia que atrapa a quien lo lee. Gracias por tu tiempo y tu lectura.😘🙏