1962 y alrededores

En una publicación anterior mencioné detalles de mi infancia y mis arraigos gimnasistas; entiéndase, por ello, mi simpatía por el club Gimnasia y Esgrima de La Plata, principalmente por su equipo de fútbol; nada que ver con ser un gimnasta o algo parecido, nunca se me dio demasiado bien el atletismo, siempre fui más que nada entusiasta de los deportes colectivos, populares para más datos.
Escribí someramente en aquel momento y lo repito ahora, como conocí en las playas de Punta Lara, muy cerca del domicilio de mi abuela materna, al conjunto de jugadores que representaban nuestros colores azul y blanco en los torneos de aquellos años.
Seguramente pocos recuerden esa nota, bastante aburrida de por sí, ni yo mismo tengo presente en este momento cuáles fueron las palabras que escribí con exactitud, aunque la ocasión es buena para volver a plasmar en mi blog sensaciones de una época anterior, cuando el fútbol era muy distinto al actual.
Entre mis recuerdos conservo claras y prístinas las impresiones imborrables que me dejó aquel momento, ese instante de fascinación al ver, a pocos metros de mí, a los héroes del fútbol que cada domingo llenaban de pasión y esperanza a un gran número de seguidores. En especial, aún conservo en mi memoria la impresión que me causó el arquero de aquel equipo, ese que apodaban el “Mono”, Carlos Minoian, un gigante, especialmente para mis parámetros de un niño de 8 años de entonces: trigueño, medio calvo, con el resto del cuerpo cubierto de un pelo negro y tupido. Su apariencia mostraba las huellas inconfundibles, imposibles de disimular, de su etnia, de sus orígenes ancestrales en el sur del Cáucaso.
No recordaba con exactitud el año del acontecimiento, ni siquiera estoy seguro de que sea el del título, solo lo coloqué como referencia ya que encontré en una de las redes sociales algunas fotografías de los equipos de mi querido Lobo Platense de aquellos tiempos.

En esos equipos, o mejor dicho, en las fotografías, destaca la figura del fornido arquero, cuyas manos me impresionaron especialmente: dedos enormes, una sola de ellas bastaba para tomar el balón como si fuera una pelota de tenis. Mi abuela diría que cada una de sus manos parecía una ristra de chorizos. Mi padre, orgulloso, me lo presentó, con el tiempo comprendí que también él estaba conmovido, era la primera vez que lo tenía tan cerca.
Sobre el resto de los jugadores solo recuerdo algunos nombres, los hermanos Bayo, Davoine, Ciaccia. El único, además del guardameta descendiente de armenios que recuerdo con total certeza, era Alfredo "el tanque" Rojas, un centrodelantero excepcional que pronto marchó a Boca Juniors para convertirse en ídolo a fuerza de goles.
El año 1962 fue especial en muchos sentidos: comenzó la bella costumbre de llamar "Lobo" al equipo de mis amores; ese año recibimos en el estadio del Bosque Platense nada menos que al Santos de Pelé y otros equipos brasileños. En el torneo local tuvimos una actuación destacada, el "Mono" Minoian sostuvo la valla invicta durante 500 minutos y 9 triunfos consecutivos nos dejaron al borde del torneo, que, como en más oportunidades de las que desearía recordar, quedó a las puertas; finalizamos terceros.
En 1964 se marchó Rojas a Boca Juniors y lo propio hizo Minoian un par de años después.
Continué veraneando en Punta Lara algunos años más pero jamás volví a ver a mis ídolos entrenando en la playa, se acercaba raudamente un cambio de época, el fútbol se hizo cada vez más profesional, los jugadores comenzaron a ganar mucho dinero, aparecieron los complejos deportivos donde entrenar y concentrar y las vacaciones de los jugadores pasaron a ser lugares más distinguidos y privados, lejos de aquellas populosas playas del Río de la Plata.
1962 and the surrounding areas
In a previous post, I mentioned details of my childhood and my deep connection to the Gimnasia y Esgrima de La Plata club; that is to say, my fondness for the club, especially its football team. This has nothing to do with being a gymnast or anything like that; I was never very good at athletics. I was always more of an enthusiast of team sports, popular ones to be precise.
I briefly wrote at the time, and I'll repeat it now, about how I met the group of players who represented our blue and white colors in the tournaments of those years on the beaches of Punta Lara, very close to my maternal grandmother's house.
Surely, few remember that rather boring post, and I myself don't recall exactly what I wrote, although this is a good opportunity to once again capture on my blog feelings from a bygone era, when football was very different from what it is today.
Among my memories, I retain clear and pristine the indelible impressions that moment left on me, that instant of fascination upon seeing, just a few meters away, the football heroes who every Sunday filled a great number of fans with passion and hope. In particular, I still carry in my memory the impression made on me by the goalkeeper of that team, the one they nicknamed "Mono" (Monkey), Carlos Minoian, a giant, especially by my standards as a 8-year-old boy at the time: dark-skinned, balding, with the rest of his body covered in thick, black hair. His appearance bore the unmistakable, impossible-to-disguise marks of his ethnicity, of his ancestral origins in the South Caucasus.
I didn't remember the exact year of the event, nor am I even sure if it's the year of the title; I only included it as a reference since I found some photographs of my beloved Gimnasia y Esgrima La Plata (Lobo Platense) teams from that era on social media.
In those teams, or rather, in the photographs, the figure of the enormous goalkeeper stands out, whose hands particularly impressed me: huge fingers, just one of them was enough to catch the ball as if it were a tennis ball. My grandmother would say that each of his hands looked like a string of sausages. My father, proud, introduced me to him; over time, I understood that he, too, was moved. It was the first time he had been so close to him.
Of the rest of the players, I only remember a few names: the Bayo brothers, Davoine, and Ciaccia. The only one, besides the goalkeeper of Armenian descent, whom I remember with absolute certainty was Alfredo "the Tank" Rojas, an exceptional center forward who soon went to Boca Juniors to become an idol through sheer force of goals.
The year 1962 was special in many ways: it began the beautiful custom of calling my beloved team "Lobo" (Wolf); that year, we hosted none other than Pelé's Santos and other Brazilian teams at the Bosque Platense stadium. In the local tournament, we had a standout performance. "Mono" Minoian kept a clean sheet for 500 minutes, and nine consecutive victories left us on the brink of the championship, which, as on more occasions than I care to remember, we narrowly missed out on; we finished third.
In 1964, Rojas left for Boca Juniors, and Minoian followed suit a couple of years later.
I continued spending my summers in Punta Lara for a few more years, but I never saw my idols training on the beach again. A changing era was rapidly approaching. Football was becoming increasingly professional, players began earning substantial sums of money, sports complexes for training and team stays appeared, and players' vacations shifted to more exclusive and private locations, far removed from those bustling beaches of the Río de la Plata.
Héctor Gugliermo
@hosgug