Entrada al Concurso “La máscara: el rostro oculto” | Vacío
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El ritual era más antiguo que mis recuerdos. Desde que tengo memoria, mi mano derecha se alzaba para acariciar mi cabello antes de dormir, un gesto reconfortante. Mi madre decía que, desde que me vio por primera vez, tenía esa manía. Siempre fue mi remanso en las tormentas cotidianas. Era el susurro que me prometía la paz anhelada… hasta que un día dejó de hacerlo.
Todo comenzó sin que me diera cuenta, una noche en que el insomnio hizo su aparición. Mi mano subió, como siempre, hacia mi melena ligeramente ondulada. Pero esa noche no sentí la suavidad familiar. Sentí… algo más. Una textura extraña. Deseché la idea, atribuyéndola a que ese día el trabajo exagerado desde tempranas horas del día me había encunetado en el cansancio.
Pero la sensación regresó una y otra noche. Cada vez que mi mano buscaba ese consuelo, lo que encontraba era más frío. Empecé a percibir una leve resistencia. El acto de acariciar mi cabello, antes un bálsamo, se convirtió en una pesadilla. Mi corazón comenzaba a latir con fuerza en cuanto mi mano se acercaba.
Una noche, en medio de la oscuridad de mi habitación, sentí un ligero clic cuando mis dedos rozaron la parte superior de mi cabeza. Un escalofrío me recorrió. Encendí la linterna del teléfono. No había nada fuera de lo normal. Aun así, busqué el espejo. Mi reflejo era el de siempre: ojos cansados, mechones revueltos.
Me obsesioné. Pasé largos ratos frente al espejo, palpando, tirando suavemente de mi cabello. A veces sentía una tirantez inusual, como si estuviera demasiado ajustado. Otras, una holgura que me erizaba la piel. Mi pelo, antes una extensión natural de mí, se sentía ahora como algo que no me pertenecía.
Aterrado, dejé de acariciarme el cabello por completo. El ritual que me tranquilizaba ahora era la fuente de mi terror. El insomnio se instaló por completo. Sin mi consuelo, estaba indefenso.
Una madrugada, después de días sin dormir, me senté en la cama, sudando frío. La necesidad de alivio era tan intensa que mi mano, de forma casi autónoma, se elevó de nuevo. Lentamente, temblando, se acercó a mi cabeza. Cerré los ojos, preparándome para lo peor.
Pero esta vez no hubo rigidez ni frialdad.
Esta vez, mis dedos se hundieron.
Se hundieron más allá de lo natural. Con los ojos desorbitados comprendí que mis dedos estaban dentro de mi cabeza. No sentí dolor, solo algo extraño, profundamente desagradable.
Sentí un borde fino pero firme que recorría la línea de mi frente, descendía detrás de mis orejas y bajaba por mi nuca.
Convulsionado por el pánico, comencé a explorar con el tacto. Era una costura casi imperceptible. Mis dedos siguieron el contorno de lo que parecía ser un… no sé qué… ¿La tapa de algo? ¿Un casco?
Mi mente se negó a aceptar lo que mi mano descubría. Con un último vestigio de cordura, seguí extendiendo los dedos para comprender qué había allí.
Tenía los ojos desmesuradamente abiertos cuando sentí el aire frío colarse dentro de mi cabeza.
Mi cerebro no estaba.
No había nada.
Y en el centro de esa ausencia… algo pequeño.
Mis dedos lo tocaron.
Era una cosa diminuta y atrófica, latiendo.
Mientras mi mano exploraba el interior hueco de mi cabeza, sentí cómo el resto de mi cuero cabelludo se desplazaba. Se separó por completo.
No era mi pelo.
Nunca lo había sido.
Era una máscara.
Una máscara aterradora e increíblemente realista de cabello y piel que había estado usando toda mi vida.
La máscara se desprendió por completo, cayendo a un lado. Desde allí, mi “cabello”, mi “rostro”, mi “identidad”, miraban hacia el techo con ojos vacíos… y una sonrisa de satisfacción que jamás había visto.
Y en ese instante de terror absoluto, la cosa atrófica en el centro de mi cabeza dio un tirón.
Y supe.
Supe que el verdadero dueño de la máscara acababa de despertar.
Y que ahora mi insignificante esencia —la única parte de mí que quedaba— iba a ser absorbida por la oscuridad que había fingido ser yo toda mi vida.
El último sonido que escuché fue un suave chasquido húmedo desde el interior de mi cráneo vacío.
Al lado, la máscara con mi rostro seguía sonriendo.
Todos los derechos reservados. © Copyright 2021-2026 Germán Andrade G.
El contenido original fue escrito para:
Segundo llamado Concurso de relatos: "La máscara: el rostro oculto" por @es-literatos.
Todas las imágenes fueron editadas en CANVA.
*Es mi responsabilidad compartir con ustedes que, como hispanohablante, he tenido que recurrir al traductor Yandex Translate para llevar mi contenido original en español al idioma inglés. También hago constar que he utilizado la herramienta de revisión gramatical Grammarly.
En algún lugar del planeta, 19 de febrero de 2026.


Impresionante, logras captar la atención de principio a fin. Éxitos, saludos.
Gracias, amigo mío, por la visita. Qué bueno que te gustó.
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Un interesante relato de ciencia ficción, que bordea el horror y que es digno de análisis. Saludos, @germanandradeg
Mil gracias por el apoyo. Saludos.
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La descripción que haces de cada movimiento nos sumerge en el mas tenebroso misterio y con ansias nos hace esperar el desenlace. Excelente relato.
Me contenta mucho que te haya atrapado la historia, amigo Giovanni (@gpache). Mil gracias por la visita y el comentario. Saludos.
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Excelente relato, breve pero con suficiente fuerza para leerlo todo de un tirón. Me gusta el final abierto y cómo desarrollas la historia a través de sensaciones. También me asombra como un simple relato de ficción puede tornarse verídico desde ciertos ojos. ¡Bravo!
¡Hola, Milgrey (@milalvis)! Bienvenida a mi blog. Me alegra mucho que te haya gustado el texto. Tu comentario motiva y me da fuerzas para seguir en este intento de, por lo menos, llegar a ser un pichón de escritor. Mil gracias por tu visita. ¡Que el universo te conceda lo que más anhelas! Saludos desde este lado del planeta.
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