Mientras viva en mi memoria.
Saludos, mis queridos, hoy vengo teñida de remembranza. Unas imágenes me golpearon en la orilla de los ojos y se ganaron un momento con ustedes.
Quiero empezar con un poco, solo un poco de historia, apenas un contexto para aquellos que nunca han saboreado en el aire el melado de caña.
He compartido en otras publicaciones mi nacionalidad, soy cubana. En mi isla, como casi todos saben, es larga ya la tradición de producciones de azúcar de caña.
Inició en los años 1500 en su forma artesanal con trapiches movidos por bueyes o agua corriente; con la cal o el huevo para clarificar el guarapo, que es como le llamamos al jugo de la caña.
Necesitamos tres siglos para evolucionar a la producción industrial con el nacimiento del primer central azucarero, ubicado en la región de Matanzas y que, tal vez con una inocente voz profética, nombraron Soledad.
Los centrales o ingenios azucareros se erigían en medio de pueblos pequeños de esa época. Incluso en muchísimas ocasiones se construía primero la industria, a su alrededor nacía el poblado y este se bautizaba con el nombre del central: Francisco, Céspedes, Bolivia.
De pequeña viví en uno de esos pueblos, aunque hoy ya peino canas los recuerdos siguen fuertes, pero no puedo describirlo solo desde la imagen: necesito otros sentidos
En un pueblo con zafra la primera experiencia en la mañana es auditiva, la larga sirena del central llamando al turno de trabajo es despertador gratuito y socorrido para todos. A lo largo del día marca las horas con pitidos cortos, se podría decir que es un campanario de dulzor.
Una vez despierto llega el olor a mela'o. Antes que el olor de tu pareja a tu lado, o el del café materno en la cocina, ese aroma dulce, denso te invade, se impregna, te arranca una sonrisa: estás en casa.
Ya iniciada la rutina diaria otro hecho viene a recordarte dónde habitas: el bagacillo, esas pequeñas porciones de hoja de caña quemada que parecen caer desde el cielo, aunque en realidad son escupidas por las altas chimeneas humeantes.
No es una llovizna agradable. Los bagacillos tiznan todo lo que tocan: piel, suelos, sábanas blancas, y no hay manera de escapar de ellos. Molestos para la mayoría, una pesadilla para las amas de casa.
El ingenio se percibe con el paladar, y no me refiero solo a la obviedad del azúcar. Hablo de las muchas guaraperas donde degustar el sabroso, frío jugo de la caña recién exprimido; de las raspaduras que se derriten en la boca; del aguardiente cañero.
Vivir en un central era más aún. Eran los cientos de empleos, las sub-industrias, la fuente obligada en el parque local, el color del cielo nocturno teñido del rojo de los incendios cañeros, la solidaridad de un pueblo apagándolos, la emoción del pito largo, exagerado que pone fin a la temporada anunciando la llegada a la meta, al plan de producción cumplido, la prosperidad alegre, los carnavales.
Hoy ya no es igual: la producción de azúcar persiste en algunos de nuestros centrales, los que van quedando; pero el espíritu no es el mismo, el ingenio muele como en soledad, como sin fe, triste, y cada poblado lo resiente y lo refleja.
Ignoro si algún día regresará la magia a esos pueblos, pero hoy yo la viví de vuelta y por ahora me basta.
Es bueno tener con quien compartir los recuerdos. Gracias por quedarse hasta el final. ¿Volveremos a vernos?
Este post fue redactado sin el uso de IA. Las fotografías son de mi propiedad y la imagen del Central fue creada en la aplicación Luzia. Los Banners han sido diseñados en Canva
As long as I live in my memory
Greetings, my dear ones, today I come tinged with remembrance. Some images struck me at the corners of my eyes and earned a moment with you.
I want to start with a little, just a little history, just some context for those who have never tasted sugarcane molasses in the air.
I've shared my nationality in other posts: I'm Cuban. On my island, as almost everyone knows, there's a long tradition of cane sugar production.
It began in the 1500s in its artisanal form with mills powered by oxen or running water; with lime or egg to clarify the guarapo, which is what we call sugarcane juice.
It took us three centuries to evolve to industrial production with the birth of the first sugar mill, located in the Matanzas region and perhaps with an innocent prophetic voice named Soledad.
Sugar mills or ingenios were built in the middle of small towns at that time. Often, the industry was built first, and the town grew up around it, and it was named after the mill: Francisco, Céspedes, Bolivia.
As a child, I lived in one of those towns. Although I'm graying now, the memories are still strong, but I can't describe it solely through images: I need other senses.
In a town with a sugar harvest, the first experience in the morning is auditory. The long siren of the mill calling for the work shift is a free and helpful alarm clock for everyone. Throughout the day, it marks the hours with short beeps; you could say it's a bell tower of sweetness.
Once you wake up, the smell of mela'o hits you. Before the smell of your partner beside you, or that of your mother's coffee in the kitchen, that sweet, thick aroma invades you, permeates you, and brings a smile to your face: you're home.
Once your daily routine has begun, another fact comes to remind you of where you live: bagacillo, those small pieces of burnt sugarcane leaves that seem to fall from the sky, although in reality they are spat out by the tall, smoking chimneys. It's not a pleasant drizzle.
The bagacillos stain everything they touch: skin, floors, white sheets, and there's no escaping them. Annoying for most, a nightmare for housewives.
The "ingenio" is perceived with the palate, and I'm not just referring to the obviousness of sugar. I'm talking about the many guaraperas where you can taste the tasty, cold, freshly squeezed sugarcane juice; the raspaduras that melt in your mouth; of sugarcane liquor.
Living in a sugar mill was even better. There were the hundreds of jobs, the sub-industries, the obligatory fountain in the local park, the color of the night sky tinged with the red of sugarcane fires, the solidarity of a town putting them out, the excitement of the long, exaggerated whistle that ends the season, announcing the arrival of the goal, the fulfilled production plan, the joyful prosperity, the carnivals.
Today it's no longer the same: sugar production persists in some of our mills, the ones that remain; but the spirit isn't the same. The mill grinds as if in solitude, as if without faith, sadly, and every town resents and reflects it.
I don't know if the magic will ever return to those towns, but today I experienced it again, and for now it's enough.
It's good to have someone to share the memories with. Thank you for staying until the end. Will we see each other again?
This post was written without the use of AI. The photographs are my own, and the image of the Central was created using the Luzia app. The banners were designed using Canva.
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Es triste realmente cómo se mutiló tanto de nuestras raíces...