La Soledad que no pido 《🪷》The loneliness I did not ask for (esp/eng)

Saludos, amigos, les deseo un feliz año nuevo.
Un año de paz y mucha salud.

La comunidad @Holos&Lotus nos llama a reflexionar desde nuestras experiencias sobre un tema álgido.

Editado en PhotoCollage

Hay una soledad que no se elige. No es la del silencio buscado o la del refugio íntimo donde el alma se recompone, no, es otra. Es un hueco que se abre en el centro del pecho, justo donde debería latir el eco de una voz ajena, la complicidad de una mirada, el roce simple de un "aquí estoy". La soledad no deseada nos toca siempre a modo de estilo de vida o como pinceladas de la aventura que es respirar cada minuto.

En mi caso, probé su sabor desde muy temprano. Es un aprendizaje que no viene en libros, sino en la piel. Se siente en el recreo cuando tu risa suena distinta, en la mesa familiar cuando tus pensamientos parecen ocupar una habitación aparte. Desde mi experiencia personal la he sufrido desde niña, no me acompaña siempre, no para nada, pero al ser como soy y tener la manía a veces molesta de decir lo que pienso y mantenerme firme en mis convicciones, varias veces he estado más sola que un piojo en la cabeza de un calvo a pesar de estar rodeada de personas.

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Ahí reside su paradoja más cruel: la multitud como escenario del vacío. Puedes estar en medio del murmullo de una fiesta, del bullicio de una oficina, y sentir con total certeza que habitas una campana de cristal. Ves los labios moverse, las sonrisas dibujarse, pero el sonido que llega a ti está amortiguado, como si la vida real sucediera al otro lado de un vidrio grueso. Tu verdad, dicha en voz alta, se convierte en un objeto extraño que los demás observan con curiosidad distante, pero que nadie se atreve a tomar. Y así, en el acto mismo de ser fiel a ti, te exilias. La autenticidad tiene, a veces, un precio de moneda solitaria.

Luego está la soledad del mapa, la que se mide en kilómetros y husos horarios. También la soledad de la distancia geográfica, pues he estado largos periodos de tiempo en funciones de trabajo lejos de la familia, y eso pesa tanto cual lastre que te arrastra al fondo del mar. Es un peso húmedo y frío. Te arrastra a un silencio denso, donde los recuerdos de abrazos se vuelven dagas de nostalgia. El mar, en esta metáfora, no es de agua, sino de tiempo y espacio. Te ahogas en la rutina de un lugar que no es tuyo, mientras al otro lado del teléfono, la vida de los que amas sigue su curso, y tú te conviertes en una voz grabada, una presencia digital, un fantasma en sus vidas cotidianas. Es una soledad que tiene postal, que se puede señalar en un calendario, pero que no duele menos por ser predecible.

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Y hoy, en este presente hiperconectado, la soledad ha mutado. Ha adoptado una forma más escurridiza, más irónica. En la actualidad, muchas veces me siento sola, pues a veces nos citamos para compartir y conversar, y lo que hacen las personas es mirar a su celular. Nos reunimos físicamente para dispersarnos digitalmente. El ritual del encuentro se pervierte pues compartimos mesa, pero no presente; compartimos wifi, pero no mundo interior. Es triste querer compartir una conversación con amigos y solo ver personas con el brillo de la pantalla en sus ojos. Ese brillo azulado es el nuevo muro. Es la señal de una atención robada, de una conexión interrumpida. En esos ojos iluminados por una luz ajena, no hay reflejo de ti, hay reflejo de un universo paralelo de historias, noticias y rostros extraños. La tragedia moderna no es no tener a nadie con quien hablar; es tener a alguien enfrente y competir por su mirada con un aparato.

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Esta soledad no deseada, en todas sus formas, es una herida de desconexión. No es la falta de gente, es la falta de presencia. La falta de ese momento en el que dos alineas vibran en la misma frecuencia, aunque sea por un instante. Es el hambre de ser no solo visto, sino visto de verdad; no solo escuchado, sino comprendido en lo profundo.

Y sin embargo, en el reconocimiento de esta herida, tal vez esté el primer paso hacia su cura. Nombrarla, como hago ahora, es arrebatarle parte de su poder. Es decir: "Esto duele, esto existe, y no soy yo el que está roto, es el modo en que a veces chocamos los unos con los otros, o nos perdemos en el camino". Quizás la verdadera batalla contra esta soledad no empiece buscando desesperadamente multitudes, sino cultivando la valentía de tender puentes pequeños y genuinos, aunque sea uno a la vez. Y, sobre todo, la de no confundir nunca el brillo frío de una pantalla, con el calor imperfecto y salvador de una mirada humana.




Soy Médico Microbióloga, amante de la naturaleza, las letras, la música, la cocina y la vida en sí. Férrea defensora de la familia y los niños
Los textos son creados por mi, sin uso de IA
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Gracias por entrar a mi blog
Las fotos son de Pixabay


ENGLISH



Greetings, friends, I wish you a happy new year.
A year of peace and good health.

The @Holos&Lotus community calls on us to reflect from our experiences on a pressing issue.

Edited in PhotoCollage

There is a loneliness one does not choose. It is not the silence one seeks or the intimate refuge where the soul recomposes itself, no, it is another kind. It is a hollow that opens in the center of the chest, right where the echo of another's voice should beat, the complicity of a shared glance, the simple touch of an "I'm here." Unwanted loneliness touches us always, either as a lifestyle or as brushstrokes in the adventure that is breathing every minute.

In my case, I tasted its flavor from a very early age. It is a learning that doesn't come from books, but from the skin. You feel it in the schoolyard when your laugh sounds different, at the family table when your thoughts seem to occupy a separate room. From my personal experience, I have suffered from it since I was a child; it doesn't always accompany me, not at all, but being who I am and having the sometimes annoying habit of saying what I think and standing firm in my convictions, I have often been lonelier than a louse on a bald man's head despite being surrounded by people.

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Therein lies its cruelest paradox: the crowd as the stage for emptiness. You can be in the middle of the murmur of a party, the bustle of an office, and feel with absolute certainty that you inhabit a glass bell. You see lips moving, smiles forming, but the sound that reaches you is muffled, as if real life were happening on the other side of thick glass. Your truth, spoken aloud, becomes a strange object that others observe with distant curiosity, but which no one dares to take up. And so, in the very act of being true to yourself, you exile yourself. Authenticity sometimes has a price paid in lonely coin.

Then there is the loneliness of the map, measured in kilometers and time zones. Also the loneliness of geographical distance, as I have spent long periods of time on work assignments far from family, and that weighs as heavy as a ballast dragging you to the bottom of the sea. It is a damp, cold weight. It drags you into a dense silence, where memories of hugs become daggers of nostalgia. The sea, in this metaphor, is not made of water, but of time and space. You drown in the routine of a place that is not yours, while on the other end of the phone, the lives of those you love go on, and you become a recorded voice, a digital presence, a ghost in their daily lives. It is a loneliness that comes with a postcard, that can be marked on a calendar, but which hurts no less for being predictable.

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And today, in this hyperconnected present, loneliness has mutated. It has adopted a more elusive, more ironic form. Nowadays, I often feel lonely, because sometimes we arrange to meet to share and converse, and what people do is look at their cell phones. We gather physically only to disperse digitally. The ritual of encounter is perverted as we share a table, but not the present moment; we share WiFi, but not our inner worlds. It is sad to want to share a conversation with friends and only see people with the glow of a screen in their eyes. That bluish glow is the new wall. It is the signal of stolen attention, of an interrupted connection. In those eyes illuminated by an alien light, there is no reflection of you, there is a reflection of a parallel universe of stories, news, and strange faces. The modern tragedy is not having no one to talk to; it is having someone in front of you and competing for their gaze with a device.

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This unwanted loneliness, in all its forms, is a wound of disconnection. It is not the lack of people, it is the lack of presence. The lack of that moment when two souls vibrate on the same frequency, even if just for an instant. It is the hunger to be not just seen, but truly seen; not just heard, but deeply understood.

And yet, in the recognition of this wound, perhaps lies the first step towards its cure. Naming it, as I do now, is to wrest away part of its power. It is to say: "This hurts, this exists, and I am not the one who is broken, it is the way we sometimes collide with each other, or lose our way." Perhaps the true battle against this loneliness does not begin by desperately seeking crowds, but by cultivating the courage to build small, genuine bridges, even if it's one at a time. And, above all, by never mistaking the cold glow of a screen for the imperfect, saving warmth of a human gaze.




I am a Doctor of Microbiology, a lover of nature, literature, music, cooking, and life itself. A staunch defender of family and children.
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muy buenas palabras, excelente post


very good words, excellent post

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Buenas noches @camelia28. Compartes una experiencia de vida que, como señalas, el solo hablar de ella, ya te saca, aunque sea momentáneamente, de una soledad no deseada. Me parece que cuando uno se da cuenta de lo que siente está en camino de encontrar más puntos en común con las personas que nos rodean y permitirnos acercarnos con mayor facilidad.
Saludos, por un 2026 lleno de encuentros significativos. 🙂

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Buenas noches, es probable que sea así, tienes razón. Ojalá y sea lo suficientemente sabia para obrar de manera correcta. Se hace difícil.
Un abrazo y muchas gracias por leer.

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