Entrada al Concurso de minicuentos de Literatos | Gritos de Libertad en La Colmena.
Gritos de Libertad en La Colmena
Hace mucho tiempo… ¡pero parece que fue ayer! En un pequeño pueblo llamado La Colmena, ese que ni en el mapa figuraba… El aire no se respiraba, se masticaba, era una masa densa de polvo que se metía en los pulmones y te dejaba el alma seca. Allí, el tiempo no pasaba; se arrastraba como un animal herido. El pueblo era un puñado de casas de adobe recostadas contra la montaña, siempre envueltas en una neblina grisácea, “boca de lobo”, que no dejaba ver ni el rastro de las propias pisadas. Los “Gavilanes”, un grupito de cinco hombres con el alma curtida en la ambición, le habían puesto un bozal al pueblo. Nadie hablaba más alto que en un rezo; nadie sembraba más de lo que Don Gaudencio, el cabecilla, permitía.

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Los Ramírez vivían en la casa de adobe al final de la cuesta. Doña Jacinta, la matriarca, de manos curtidas por frotar maíz y penas, servía un guayoyo a su hijo Anselmo.
—Mire, mijo —casi hablándole al oído—, esto ya no es vida; parecemos ratas en las madrigueras. Los muchachos crecen creyendo que agachar la cabeza es la única forma de saludar.
Anselmo apretó el pocillo de peltre. La rabia le subía por el pescuezo como hormigas bravas.
—Lo sé, nanita. Pero el demonio de Gaudencio tiene las armas y nosotros solo tenemos hambre.
—Tenemos más que eso, sumercé —interrumpió el abuelo Tobías desde la hamaca, con esa voz que sonaba a piedra arrastrada por el río—. Tenemos la memoria de cuando este pueblo olía a flores y no a pólvora.
Esa noche, la conspiración se gestó con miradas y el peso de la palabra. Los Ramírez convocaron a los vecinos bajo la excusa de un rosario por las ánimas. Fueron llegando de a poco, arrastrando las alpargatas: los García, los Mondragón, los Pérez. Recuerdo las caras de @sacra97, @chironga67, @issymarie2, @silher y @castri-ja, entre tantas otras. En la sala, con la luz tenue de un candil, se fraguó la revuelta.
—Mañana, cuando cante el primer gallo, abriremos todas las ventanas —dijo Anselmo. Sacaremos las cacerolas a la calle, prenderemos los fogones y que el humo huela a vida, no a miedo.
A la medianoche, un silbido largo recorrió las callejuelas. Los Gavilanes, confundidos por el vaho del alcohol, salieron a la plaza gritando sandeces, pero se encontraron con un muro humano. No hubo disparos… una presencia tan rotunda y unánime que los tiranos, por primera vez, se sintieron pequeños. La cobardía les ganó el paso y, antes del alba, ya se habían perdido por el camino viejo, huyeron como cucarachas cuando se prende la luz, llevándose su oscuridad a otra parte.

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Entonces, ocurrió el milagro que la opresión había ocultado por décadas. Cuando el sol empezó a despuntar, una brisa fresca, bajada de los picos, empezó a barrer la “oscura neblina”. Lo que apareció debajo no era el pueblo gris que todos recordaban.
Al disiparse el velo, La Colmena se reveló como un santuario de colores. Las fachadas de las casas, que antes parecían descoloridas, brillaban con cal de colores vivos: azul añil, amarillo girasol y verde esperanza. Las cascadas que antes solo se oían como un rugido lejano se mostraron cristalinas mientras caían como cabelleras de plata, saltando entre helechos gigantes y orquídeas que colgaban de los árboles como joyas de la naturaleza.
—¡Vea eso, abuelo! ¡Sí…, parece un pesebre de los grandes! —exclamó Anselmo, deslumbrado.
La gente, con el pecho lleno de aire limpio en un abrir y cerrar de ojos, los portales se llenaron de hamacas tejidas con hilos de arcoíris, sombreros vueltiaos, ruanas de lana virgen y cestos de mimbre que olían a selva. El aroma del café recién colado se mezcló con el del cacao criollo y el dulce de leche en pailas de cobre. Los artesanos exhibían sus figuras de barro cocido, tallas de madera que contaban historias de libertad.

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La Colmena dejó de ser un pueblo fantasma, ahora, es un panal vivo, un rincón de Hispanoamérica donde la belleza, tras años de sometimiento, por fin se ha decidido a florecer ante los ojos del mundo. El silencio de Rulfo se había convertido, por fin, en una fiesta de voces.
Si quieres participar, me parece que aún estás a tiempo. Sigue el link de la iniciativa y allí encontrarás la información pertinente y recuerda cumplir las reglas.
Concurso de minicuentos en honor al maestro Juan Rulfo

Portada de la iniciativa, cortesía de Letralia.

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A ver si se animan, las amigas @cirangela y @faniaviera, y el amigo @theshot2414…


Si yo estaba ahí, créeme que algo extraño ocurriría, y es que suelo verme pacífica, pero cuando me enojo tiembla la tierra 😂
Gracias por dejarme ser parte de tu obra, la libertad al final llegó, dando un suave aroma.
Corazón, eso es típico. Me hiciste recordar un refrán: “… librame de las aguas bravas, que de las mansas me libro yo”. Jejeje, por eso eres parte del equipo liberador.
Un acostumbrado abrazo de oso. Bendiciones para las princesas de la casa.
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