Entrada al Concurso de crónicas reales de Literatos | Tomasa, mujer de una voluntad inquebrantable.
Un saludo respetuoso a la comunidad de @es-literatos. Me uno a su reciente iniciativa con la convicción de quien entiende que la palabra es, ante todo, un acto de fe. Debo decir que, aunque he participado con constancia en las últimas convocatorias sin haber sido mencionado o invitado formalmente, mi compromiso con las letras y con este espacio permanece intacto. No escribo para el aplauso, sino por la necesidad vital de dejar un testimonio. Por ello, aquí estoy una vez más, dejando mi granito de arena para honrar la memoria de una mujer extraordinaria cuya historia merece ser rescatada del olvido.
Tomasa, mujer de una voluntad inquebrantable
Hay seres que parecen tallados en la misma piedra de las montañas que los ven nacer. Ella fue una de esas almas. Su historia comenzó un 7 de marzo de 1939, en un rincón del Táchira llamado Monte Carmelo, allá en Cordero. Creció bajo el rigor del clima andino y los valores innegociables de unos padres que —aunque el destino no me permitió conocer— dejaron en ella una impronta de honestidad y entereza que ni el tiempo ni las carencias pudieron borrar.
Blanca Tomasa fue una mujer de silencios profundos y manos laboriosas. Tenía esa particularidad de la gente de antes: una sabiduría que no se encuentra en las enciclopedias. El sistema educativo le dio la espalda, o quizás la vida le exigió trabajar antes de aprender a leer. Solo sabía dibujar su nombre sobre el papel, un trazo firme que era su estandarte. Sin embargo, poseía un don asombroso: era una calculadora humana. Podía sacar cuentas complejas en segundos, con una precisión que desafiaba a cualquier comerciante de la época. La lógica del mundo no estaba en las letras para ella, sino en el orden, en el respeto y en la administración justa de lo poco o mucho que se tuviera.

A los 16 años unió su destino al de Ramón Aparicio Ramírez. Fue un matrimonio sellado ante el altar, de esos que hoy parecen leyendas; cuarenta y siete años de caminar juntos, de construir sobre la roca, hasta que la muerte finalmente reclamó su derecho a separarlos. Juntos levantaron cada muro de la casa familiar, un hogar que todavía respira en el presente y que hoy cobija a Henry, uno de sus hijos, y a su familia. Esa casa no está hecha solo de cemento; tiene el sudor de una mujer que trabajó incansablemente en hogares de cuidado diario, entregando a hijos ajenos la misma ternura y protección que nos brindaba en casa.
Pero su verdadera magnitud no se mide en años o en ladrillos, sino en la profundidad de sus abrazos. Hubo un tiempo en que mi vida se convirtió en un pozo. Toqué fondo, perdí el rumbo y la oscuridad parecía haberme ganado la partida. Si hoy puedo sostener esta pluma (o dictar estas palabras), es porque ella se quedó al borde de ese abismo, extendiendo su mano con una fuerza que no parecía de este mundo. Ella fue más que una guía; fue el aire que me obligó a respirar cuando yo ya me había rendido.

Recuerdo con una claridad que me quema el pecho un miércoles de visita. Yo estaba en un momento de absoluta vulnerabilidad cuando la vi llegar. Llevaba un pañuelo atado a la cabeza con una delicadeza que intentaba ocultar una verdad dolorosa, la quimioterapia le había arrebatado el cabello. Me sorprendió verla allí, con su piel pálida, pero su mirada firme. Nos abrazamos, y en ese abrazo sentí que el mundo volvía a tener sentido. Solo días después supe la verdad que hoy me hace saltar las lágrimas..., se había escapado del hospital. Blanca había abandonado su propio lecho de enferma, desafiando órdenes médicas y su propia debilidad física, solo para cruzar la ciudad y asegurarse de que yo estuviera bien. ¿Cómo puede una mujer tener tanto fuego en el pecho para ignorar su propio dolor por el de un ser querido?
Esa era ella... Una fuerza de la naturaleza que se fue físicamente un 10 de mayo de 2010, precisamente un Día de las Madres, dejándonos el regalo de su ausencia física, pero la presencia eterna de su espíritu.

Hoy, la extraño con un dolor que no termina de hacerse manso. Daría lo que no tengo por sentir su mano áspera en mi mejilla una vez más. Esta mujer, la que no leía libros, si leía los corazones, la que me salvó del naufragio, la que huyó de un hospital para darme un abrazo... esa mujer, Blanca Tomasa Alviarez de Ramírez, no era otra que mi madre. A ella, mi gratitud eterna y este trozo de mi alma convertido en crónica hoy.
Si quieres participar, me parece que aún estás a tiempo. Sigue el link de la iniciativa y allí encontrarás la información pertinente y recuerda cumplir las reglas.
Concurso de relatos: “Concurso de crónicas reales: Historias con nombre de mujer”

Portada de la iniciativa.
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A ver si se animan, las amigas @cirangela y @faniaviera, y el amigo @theshot2414…


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Una conmovedora crónica. No hay un ser tan excepcional y tan grande como una madre que día a día se sacrifica por los que ama. Excelente trabajo.
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