The most selfish and inconsiderate sin / El pecado más egoísta y desconsiderado (eng-esp)

Hello, friends of @holos-lotus.

As a child, when I started growing up, I was always hungry. My mom told me that was gluttony, and sometimes she was right, I admit it. I never did it consciously, but when it came to watermelons and cola, I never seemed to finish. Sometimes I finished everything without leaving anything for anyone. And that's gluttony, the most selfish and inconsiderate of all the deadly sins. What she pointed out wasn't just my appetite, but my lack of consideration for others.

For years, I believed that gluttony was just about food. Eating until you burst. But over time I understood that it's broader. It's the excessive consumption of anything to the point of waste. Of course, that includes drinks.

But it also includes everything we can swallow without control. In modern times, a clear variant of gluttony is the excessive consumption of screen time. Or the obsession with buying things, accumulating series, devouring content without pause.

It's the same mechanism: an impulse that seeks to fill a void with excess. Although traditionally applied to food and drink, the core of the sin is the same.

The crucial question is: when is it gluttony and when isn't it? I've learned to make a simple distinction.

If the need is physical, if you feel it in your stomach, it's hunger. If it's mental, if you feel it in your head, in restlessness, in anxiety, then it's probably gluttony.

It's a useful trick. As a teenager, I didn't know this, but now I ask myself: how long has it been since I ate? If it's been less than three hours, what I feel isn't physiological hunger. It's emotional hunger. It's boredom. It's stress that I try to silence with my mouth or with immediate consumption.

Now I have that level of self-control.


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However, the main harm isn't just to me. Overeating or drinking is bad for my health, yes. It's a personal problem. But what transforms this appetite into a cardinal sin, a social vice, is when it harms others.

Gluttony becomes monstrous when, to satisfy myself, I spend the family's collective savings. When I consume what isn't just mine, leaving others without their share.

When my anxiety to fill myself up completely ignores the needs of those around me. That's where it stops being a slip-up and becomes an act of pure selfishness. It's inconsideration in its most basic form: prioritizing my momentary pleasure over shared well-being.


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The good thing about this sin, if anything can be good about a vice, is that it can be corrected relatively easily. It doesn't require miracles, just firm and constant attention.

First, master stress. Anxiety is the fuel of modern gluttony. Second, take a hunger check. Ask yourself: Is this your stomach or your head? Third, fight boredom with action, not consumption. Read, walk, work with your hands. Fourth, eliminate temptation. If something controls you, remove it from your sight and reach. And finally, always seek support.
Seek emotional support from those who understand you, and professional support if necessary. There is no weakness in asking for help to control what controls us.


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Ultimately, gluttony is a broken relationship with limits. It is refusing to accept that there is a "enough." And in that denial, without realizing it, we trample over others.

I remember those watermelons I didn't share. The sin wasn't in the fruit, but in my belief that everything was for me. That's the core of it. And against that, the only cure is awareness of what the truth is (it's not all for me, I don't need it) and always keeping our eyes on others.


Versión en español


Hola, amigos de @holos-lotus.

Cuando niño, al comenzar a crecer, siempre tenía hambre. Mi mamá me decía que eso era gula, y a veces tuvo razón, lo reconozco.
Nunca lo hice a consciencia, pero en lo que respecta a las sandías y al refresco de cola, no tenía para cuándo acabar.
En ocasiones lo terminaba todo sin dejarle nada a nadie. Y eso es la Gula, el pecado capital más egoísta y desconsiderado de todos. Lo que ella señalaba no era solo mi apetito, sino mi falta de mirada hacia los demás.

Durante años, creí que la gula era solo un asunto de comida. Comer hasta reventar. Pero con el tiempo entendí que es más amplio. Es el consumo excesivo de cualquier cosa hasta el punto de desperdiciarla. Claro, incluye la bebida.
Pero también incluye todo lo que podemos tragar sin control. En los tiempos modernos, una variante clara de la gula es el consumo excesivo del tiempo frente a la pantalla. O la obsesión por comprar cosas, por acumular series, por devorar contenido sin pausa.
Es el mismo mecanismo: un impulso que busca llenar un vacío con exceso. Aunque, tradicionalmente, se aplique a la comida y la bebida, el corazón del pecado es el mismo.

La pregunta crucial es: ¿cuándo es gula y cuándo no? He aprendido a hacer una distinción simple.
Si la necesidad es física, si la sientes en el estómago, es hambre. Si es mental, si la sientes en la cabeza, en la inquietud, en la ansiedad, entonces probablemente sea gula.
Es un truco útil.
Cuando adolescente no lo sabía, pero ahora ee pregunto: ¿cuánto hace que comí? Si han pasado menos de tres horas, lo que siento no es hambre fisiológica. Es hambre emocional. Es aburrimiento. Es estrés que busco acallar con la boca o con un consumo inmediato.
Ahora tengo ese nivel de autocontrol.


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Sin embargo, el daño principal no es solo para mí. Comer o beber en exceso perjudica mi salud, sí. Es un problema personal. Pero lo que transforma este apetito en un pecado capital, en un vicio social, es cuando perjudica a los demás.
La gula se vuelve monstruosa cuando, para satisfacerme, gasto los ahorros colectivos de la familia. Cuando consumo lo que no es solo mío, dejando a otros sin su parte.
Cuando mi ansiedad por llenarme ignora por completo las necesidades de quienes me rodean. Ahí deja de ser un desliz y se convierte en un acto de egoísmo puro. Es desconsideración en su forma más básica: priorizar mi placer momentáneo sobre el bienestar compartido.


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Lo bueno de este pecado, si es que algo puede ser bueno de un vicio, es que puede ser corregido con relativa facilidad. No requiere milagros, solo atención firme y constante.
Primero, dominar el estrés. La ansiedad es el combustible de la gula moderna. Segundo, hacerse un chequeo de la realidad del hambre. Preguntarse: ¿esto es estómago o es cabeza? Tercero, luchar contra el aburrimiento con acciones, no con consumo. Leer, caminar, trabajar con las manos. Cuarto, eliminar la tentación. Si algo te domina, aléjalo de tu vista y de tu alcance. Y por último, siempre, buscar apoyo.
Busca el apoyo emocional de quienes te comprenden, y apoyo profesional si es necesario. No hay debilidad en pedir ayuda para controlar lo que nos controla.


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Al final, la gula es una relación rota con el límite. Es negarse a aceptar que hay un “suficiente”. Y en esa negación, sin darnos cuenta, pasamos por encima de los demás.
Recuerdo aquellas sandías que no compartí. El pecado no estaba en la fruta, sino en mi creencia de que todo era para mí. Ese es el núcleo. Y contra eso, la única cura es la conciencia de cuál es la verdad (no es toda para mí, no la necesito) y la mirada puesta siempre en el otro.



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Yo tengo ese problema, y es que en ocasiones si me gusta algo que está en casa no paro de comer; tengo que llamamrme a reflexión porque hasta he llegado al punto de que justifico a mí mismo, como por ejemplo, me digo que he tenido una historia de mal comedor y que como porciones pequeñas, por eso lo debo dejar pasar; pero no, ya tampoco caigo en esa trampa.
Me ha gustado mucho esta reflexión y el tema.
¿Cómo no había pensado antes en esto de los problemas alimentarios y de la gula?
Bueno, ya veo que aquí en @holos-lotus tocamos todo lo humano.
Recibe un gran abrazo, @abelarte

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Yo tengo dos cosas con las que me tengo que medir, sobre todo por el egoísmo: el melón y el refresco. Me gustan tanto que, si no me pongo frenos, no les dejo a nadie y como hasta que me duele el estómago de tan lleno que está.
Eso es gula. Por suerte lo he podido controlar.
Un abrazo inmenso, amigo.
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