Sex and lust / Sexo y lujuria (eng-esp)

Hello, friends of @holos-lotus.

Lust is one of those deadly sins that is least mentioned. Perhaps due to shame, or because we can rarely say for sure when someone suffers from it. What do we know about lust? How to write a post like this without sounding like a prude 😅? It's difficult, believe me.


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For me, lust is, above all, a problem that begins in the mind. Technically, it is the sin produced by excessive thoughts of a sexual nature.

It's not a mental or religious problem, friends. I'm talking about how it all starts there, in those thoughts we can't or don't want to control, and which become a closed circuit in the brain.
It's because, like all pleasures, they feel great, and we enjoy that sensation.

I'm not talking about a specific desire, but a constant current that occupies mental space and resources. It's the prelude. If it isn't stopped there, in the realm of thought, it becomes something more.


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Today, it's often called sexual compulsion or sex addiction. There are therapies for this. In reality, today it can be seen as a symptom of our times (although it has existed since the dawn of humankind).

However, today we have unprecedented access to sexual stimuli, to pornography, to the possibility of turning anyone, even through a screen, into an object of that desire.

Modern lust feeds on this constant consumption. It is no longer just an internal impulse; it is a consumer habit that feeds on what is external.


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Here's a key to understanding it: lust is to sex what greed is to money. Sex itself is not bad. It's natural; it's a bond with ourselves and with the other person we love. It can even be a profound expression of love.
Money itself isn't bad. It's a tool, and a very necessary one, in our lives. Money and love make the world go round.

But when selfishness takes hold, everything goes wrong. The miser no longer sees the value of things, only their price.

The lustful no longer see the humanity of people, only their potential for pleasure. It's the same distorting mechanism applied to a different realm.


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That carnal satisfaction sought by lust is compulsive and, at its core, empty. It completely departs from the purpose of sex within a framework of love and commitment, such as marriage.

It is not a union; it is an extraction. It is the exacerbated and uncontrollable desire for sexual pleasures, transformed into an end in itself.

And being unrestrained, it becomes destructive. It destroys one's own peace, because it always demands more. And it can destroy others, because it reduces them to means to an end.


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Lust urges us to cross all boundaries. The boundaries of respect, consideration, and empathy. When it takes hold, desires take control and can lead us to treat people as objects.

That is the true monstrosity: suppressing our human sensitivity to satisfy an impulse. We harm the other person by not seeing them in their entirety. We damage our relationships, because trust and true intimacy cannot grow where one is merely a tool.


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So, where does the difference lie with normal, healthy sexuality? For me, it lies in two pillars.

The first is self-control. Not repression, but the ability to decide. To govern the impulse, not to be its slave.

The second pillar is the direction of desire. In a relationship based on love or genuine affection, mutual satisfaction is sought. There is concern for the other person; there is a connection.

In lust, only self-satisfaction exists. The other person is merely the stage where one enacts their own appetite.

I write this not as a moralist, but as someone who observes. Observes the world and observes his own thoughts.

Lust is not an external demon; it is an inner possibility we all carry within us. Recognizing it in its early stages, in that excessive mental rumination, is the first step to preventing it from defining our actions.
It's not about living in fear of desire, but about refusing to live as prisoners of it.

The antidote, I believe, lies not in denying sexuality, but in insisting on seeing the whole person on the other side of desire. And, above all, in regaining control of our own minds.


Versión en español


Hola, amigos de @holos-lotus.

La lujuria es uno de esos pecados capitales que menos se menciona. Quizás por una cuestión de vergüenza o porque muy pocas veces podríamos decir a ciencia cierta cuándo alguien la padece. ¿Qué es lo que sabemos de la lujuria? ¿Cómo escribir un post así sin parecer un puritano 😅? Es difícil, no se crean.


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Para mí, la lujuria es, ante todo, un problema que comienza en la mente. Técnicamente es el pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual.
No es un problema mental ni religioso, amigos. Hablo de que todo empieza ahí, en esos pensamientos que no podemos o no queremos controlar, y que se convierten en un circuito cerrado en el cerebro.
Es que, como todos los placeres: se sienten muy bien y nos agrada esa sensación.
No hablo de un deseo puntual, sino de una corriente constante que ocupa espacio y recursos mentales. Es la antesala. Si no se frena ahí, en el territorio del pensamiento, se convierte en algo más.


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Hoy, se le suele llamar compulsión sexual o adicción al sexo. Existen terapias para esto. En realidad, hoy puede verse como un síntoma de nuestro tiempo (aunque existe desde que existe la especie humana).
Sin embargo, hoy tenemos un acceso sin precedentes a estímulos sexuales, a pornografía, a la posibilidad de convertir a cualquier persona, incluso a través de una pantalla, en un objeto de ese deseo.
La lujuria moderna se alimenta de ese consumo constante. Ya no es solo un impulso interno; es un hábito de consumo que se nutre de lo que está afuera.


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Aquí está una clave para entenderla: la lujuria es al sexo lo que la avaricia al dinero. El sexo en sí no es malo. Es natural, es un vínculo con nosotros y con la otra persona amada. Incluso, puede ser una expresión profunda de amor.
El dinero en sí no es malo. Es una herramienta y muy necesaria en nuestras vidas. El dinero y el amor mueven al mundo.

Pero cuando el egoísmo se apodera de ellos, todo se tuerce. El avaro ya no ve el valor de las cosas, solo su precio.
El lujurioso ya no ve la humanidad de las personas, solo su potencial para el placer. Es el mismo mecanismo de distorsión aplicado a un territorio diferente.


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Esa satisfacción carnal que busca la lujuria es compulsiva y, en el fondo, está vacía. Se aleja por completo del propósito del sexo dentro de un marco de amor y compromiso, como el conyugal.
No es una unión; es una extracción. Es el deseo exacerbado e incontrolable por los placeres sexuales, convertido en un fin en sí mismo.
Y al ser irrefrenable, se vuelve destructivo. Destruye la propia paz, porque siempre exige más. Y puede destruir a los demás, porque los reduce a medios para un fin.


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La lujuria nos insta a saltarnos todos los límites. Los límites del respeto, de la consideración, de la empatía. Cuando actúa, los deseos toman el mando y pueden hacer que tratemos a las personas como objetos.
Esa es la verdadera monstruosidad: anular nuestra sensibilidad humana para satisfacer un impulso. Dañamos a la otra persona al no verla en su totalidad. Dañamos nuestras relaciones, porque la confianza y la intimidad real no pueden crecer donde uno es solo un instrumento.


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Entonces, ¿dónde está la diferencia con una sexualidad normal, sana? Para mí, está en dos pilares.
El primero es el autocontrol. No la represión, sino la capacidad de decidir. De gobernar el impulso, no de ser su esclavo.
El segundo pilar es la dirección del deseo. En una relación basada en el amor o el afecto genuino, se busca la satisfacción mutua. Hay una preocupación por el otro, hay un encuentro.
En la lujuria, solo existe la propia satisfacción. El otro es el escenario donde uno representa su propio apetito.

Escribo esto no como un moralista, sino como alguien que observa. Observa el mundo y observa sus propios pensamientos.
La lujuria no es un demonio externo; es una posibilidad interna que todos llevamos. Reconocerla en sus primeras fases, en esa rumiación mental excesiva, es el primer paso para no dejar que defina nuestros actos.
No se trata de vivir con miedo al deseo, sino de negarnos a vivir como prisioneros de él.
El antídoto, creo, no está en negar la sexualidad, sino en insistir en ver a la persona completa que hay al otro lado del deseo. Y, sobre todo, en recuperar el control de nuestra propia mente.



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